El genocidio que Alemania olvidó durante un siglo

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Décadas antes de que el mundo aprendiera la palabra Holocausto, el Imperio alemán ya había ensayado el exterminio sistemático en África. Ocurrió entre 1904 y 1908 en el África del Sudoeste Alemana, lo que hoy es Namibia, y fue el primer genocidio del siglo XX. Los herero y los nama lo perdieron todo: tierras, ganado, autonomía y, finalmente, la vida. Pero esta no es una historia de guerra, sino de sed, de campos de concentración y de un silencio que duró más de cien años.

En enero de 1904, hartos de abusos impunes y de un sistema colonial que los trataba como estorbos, los herero se levantaron. Alemania no envió negociadores: envió miles de soldados al mando del general Lothar von Trotha.

Tras la batalla de Waterberg, las tropas alemanas hicieron algo que no dejaba lugar a interpretaciones: bloquearon las rutas de regreso y empujaron a hombres, mujeres y niños hacia el desierto de Omaheke. Los pozos fueron vigilados. El agua, sencillamente, se cerró. Y el desierto se convirtió en un arma.

El genocidio germano en África

El 2 de octubre de 1904, Von Trotha firmó la sentencia con tinta burocrática. Su orden declaraba que el pueblo herero debía abandonar el territorio y que cualquier herero encontrado dentro de las fronteras coloniales sería atacado, estuviera armado o no. Sin eufemismos. Miles murieron de sed, de hambre, de agotamiento o a tiros mientras intentaban regresar a lo que había sido su hogar. Los que sobrevivieron fueron capturados y enviados a campos de concentración, donde los esperaban trabajos forzados, hambre, enfermedades y una mortalidad tan alta que convertía cada jornada en una ruleta rusa.

Uno de aquellos lugares fue la isla Shark, frente a Lüderitz, un pedazo de roca barrida por el viento donde los prisioneros trabajaban para las autoridades coloniales sin protección contra el frío ni la escasez. Cuando los nama también se rebelaron, la maquinaria represiva repitió el guion: persecución, destrucción de comunidades, encarcelamiento masivo. Se estima que murieron unos 65.000 herero —el 80 % de su población— y cerca de 10.000 nama, casi la mitad de su pueblo. Restos humanos de algunas víctimas fueron enviados a Alemania para investigaciones raciales que pretendían justificar la supuesta superioridad europea con calaveras y mediciones.

Alemania tardó más de un siglo en reconocer oficialmente aquellos hechos como genocidio. Más de cien años para llamar a las cosas por su nombre. La tragedia de los herero y los nama no fue un daño colateral ni una derivada inevitable de la guerra: fue una campaña planificada de expulsión, encierro y aniquilación contra pueblos que se resistieron a perder su tierra y su libertad. Y como todo genocidio que se precie, empezó mucho antes de los primeros disparos: empezó el día en que alguien decidió que aquellas vidas valían menos.

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