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Por Yeison Derulo

Santiago de Cuba.- En medio de una calle oscura, silenciosa y deteriorada, aparece una montaña de basura donde sobresale una bandera cubana tirada entre cartones, plásticos y desperdicios. La escena resulta tan impactante como simbólica. No hace falta un análisis profundo para entender que algo anda muy mal cuando los símbolos de una nación terminan sepultados bajo la misma miseria que padecen sus ciudadanos.

Durante décadas se nos dijo que la bandera era sagrada, que representaba dignidad, patriotismo y orgullo nacional. Sin embargo, la realidad tiene la mala costumbre de desmontar los discursos oficiales. Hoy la bandera aparece donde no debería estar: mezclada con escombros, rodeada de suciedad y abandonada en una esquina cualquiera. No es solamente una falta de respeto al símbolo patrio; es el reflejo de una sociedad agotada, donde las preocupaciones diarias por sobrevivir han desplazado cualquier romanticismo político.

La basura acumulada tampoco es un detalle menor. Es la evidencia visible de un problema que se repite en ciudades y pueblos de toda Cuba. Calles sin mantenimiento, vertederos improvisados y servicios públicos incapaces de responder a las necesidades básicas de la población. Mientras los funcionarios hablan de resistencia y heroicidad, la realidad se acumula en las aceras en forma de desperdicios, malos olores y abandono.

Lo más duro de la imagen es que transmite resignación. Nadie parece sorprenderse por la basura ni por la bandera tirada en el suelo. Es como si ambas cosas hubieran pasado a formar parte del paisaje cotidiano. Cuando una sociedad normaliza el deterioro, el problema deja de ser únicamente material y se convierte también en moral. La gente termina acostumbrándose a convivir con aquello que, en circunstancias normales, provocaría indignación inmediata.

Quizás por eso esta fotografía duele tanto. Porque no muestra una catástrofe natural ni una tragedia repentina. Muestra algo peor: el desgaste lento y constante de un país que se va deteriorando ante los ojos de todos. Entre la basura y la oscuridad, esa bandera parece contar una historia incómoda. La historia de una nación donde los símbolos siguen siendo exhibidos en los discursos oficiales, pero donde la realidad cotidiana los arrastra cada vez más cerca del suelo.

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