El ego de Trump y la causa cubana

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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)

Houston.- Existen momentos en que la historia parece colocar a determinados hombres frente a una decisión capaz de definir su legado. Mi impresión es que el presidente Donald Trump se encuentra precisamente ante uno de esos momentos.

Más allá de simpatías o discrepancias políticas, Trump ha demostrado durante toda su trayectoria una personalidad marcada por un enorme sentido de protagonismo. Su carácter competitivo, su deseo de ser reconocido como un vencedor y su constante búsqueda de logros históricos forman parte de su identidad política. Ese rasgo, que muchos califican como ego y otros como extraordinaria confianza en sí mismo, puede convertirse en un factor decisivo respecto a Cuba.

A mi juicio, Trump no dejará pasar la oportunidad de quedar inscrito como el presidente que contribuyó al fin de la última dictadura comunista del continente americano. Sería un acontecimiento de enorme dimensión histórica y un triunfo político que muy pocos mandatarios estadounidenses podrían exhibir.

No afirmo que ello deba producirse necesariamente mediante una intervención militar. Existen muchas formas de intervenir: aumentando la presión diplomática, endureciendo las sanciones contra los responsables del régimen, impulsando el aislamiento internacional de la dictadura, apoyando con mayor decisión a la oposición democrática o promoviendo iniciativas políticas que aceleren una transición.

Mi convicción es que hará algo. No permanecerá inmóvil ante una crisis que se agrava cada día y que, además de su dimensión humanitaria, representa un desafío estratégico para los Estados Unidos.

La historia demuestra que los grandes líderes suelen sentirse atraídos por los grandes desafíos. Trump sabe que un cambio democrático en Cuba tendría una enorme repercusión internacional y sería recordado durante generaciones. Para un hombre consciente de su propia imagen histórica, esa posibilidad posee un valor político inmenso.

Por supuesto, nadie puede predecir con certeza cuál será el camino que elegirá ni cuándo actuará. Pero mi impresión como observador de la política estadounidense es que su personalidad hace muy difícil imaginar que renuncie a una oportunidad de esa magnitud.

Si esa percepción resulta acertada, Cuba podría convertirse en uno de los capítulos más importantes de su legado presidencial. Y, si ello contribuye a devolver la libertad al pueblo cubano, la historia será quien emita el juicio definitivo.

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