
El santo que domesticó la hoguera
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hay dos maneras de acabar con una fiesta que no te gusta. La primera es prohibirla, y suele fracasar estrepitosamente. La segunda, la única que funciona de verdad, es apropiártela, cambiarle el nombre y seguir la juerga como si nada. La Iglesia lleva dos mil años practicando esta segunda vía con una pericia que ya la quisieran los mejores tiburones del marketing moderno. Y la noche de San Juan es, sin discusión, su obra maestra.
Cuando el cristianismo fue consolidándose por la Europa bárbara, se topó con un obstáculo recurrente: cada 21 de junio, con la puntualidad del solsticio, los pueblos germánicos, celtas y eslavos se lanzaban a quemar hogueras, bailar hasta el amanecer y saltar sobre las llamas como si no hubiera mañana. Era el pico de gloria del sol, el momento exacto en que la luz empezaba a menguar y había que ayudarla con fuego. Magia, sexo, hierbas con propiedades sospechosas y brujas campando a sus anchas. Vamos, lo que hoy sería un festival de música sin patrocinadores.
Los obispos lo intentaron, claro. Prohibieron las hogueras, amenazaron con el infierno a quien saltara sobre ellas —argumento difícil de vender cuando la gente lleva siglos saltando y el infierno sigue sin presentarse a la cita—, escribieron cartas furibundas, celebraron concilios, montaron el número. Y nada de nada. Porque no se puede prohibir lo que nace de un instinto más viejo que la propia Iglesia. La gente no quería dejar de saltar: quería que la luz volviera cada año y que el miedo a la oscuridad se quemara en una pira colectiva.
Los honores a San Juan
Hacia el siglo IV, algún cerebro privilegiado de la curia comprendió lo que los políticos aún no han aprendido: no puedes suprimir un instinto, pero sí redirigirlo. Si no puedes con tu enemigo, únetelo, ponle una túnica y dale un nombre santo. Eligieron a Juan el Bautista, que tenía una ventaja única: es uno de los pocos santos cuyo nacimiento celebra la Iglesia, no su muerte.
Para colocarlo el 24 de junio, los padres de la Iglesia realizaron una pirueta teológica digna de un trapecista. El Evangelio de Lucas dice que Juan nació seis meses antes que Jesús. Si Jesús nació el 25 de diciembre —fecha que, casualmente, los romanos celebraban como el Sol Invictus y el solsticio de invierno—, el cálculo da 24 de junio. Solsticio de verano. Qué providencia tan matemática.
El resultado fue impecable: la noche de brujas más salvaje del calendario pagano quedó convertida en vigilia de un santo respetable. Los campesinos siguieron con sus hogueras, sus hierbas y sus ritos de fertilidad, pero ahora, técnicamente, lo hacían en honor a San Juan. Todos contentos.
Han pasado dieciséis siglos desde que la Iglesia empezó a intentar meter en cintura aquellas llamas, y esta noche, en cientos de playas y plazas, la gente volverá a saltar sobre el fuego, escribirá en papeles lo que quiere quemar del año pasado y se bañará en el mar buscando purificación, magia o, simplemente, una excusa para beber. La fiesta sigue intacta. Solo cambió el santo.






