
El dólar rompe la barrera de los 700 pesos: Cuba se desangra en tiempo real
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- La Habana amaneció este miércoles con una cifra que ya no sorprende a casi nadie, pero que hiela la sangre igual: el dólar estadounidense alcanzó los 700 pesos cubanos en el mercado informal, el único que realmente importa en la isla.
Hace apenas diez días coqueteaba con los 600. Hoy, la moneda norteamericana avanza a un ritmo de diez pesos diarios, como si tuviera prisa por demostrar que las medidas del Gobierno, anunciadas la semana pasada con bombo y platillo, no han servido absolutamente para nada.
El régimen cambió su repertorio de siempre: el de restricciones y controles, por anuncios grandilocuentes y promesas de estabilidad. Pero la realidad es tozuda y se mide en apagones, en anaqueles vacíos y en un billete verde que se escapa de las manos como el agua entre los dedos.
Las medidas nacieron muertas, igual que las anteriores, igual que las que vendrán. Porque no se puede estabilizar una economía cuando no produces nada, no generas electricidad y dependes de una caridad internacional que mira a la isla con la misma desconfianza con que se mira un plato de comida en mal estado.
El precio de la escasez
Los apagones se han convertido en el termómetro más fiable del desastre. En municipios del interior del país, hay lugares que han superado las cincuenta horas consecutivas sin luz. Cincuenta horas. Eso no es un apagón: es un apocalipsis en diferido.

Sin electricidad no hay nevera, sin nevera no hay alimentos, sin alimentos no hay futuro. Y mientras tanto, el dólar sigue subiendo, imparable, como un termómetro que marca la fiebre de un enfermo al que nadie quiere recetar la medicina adecuada.
La escasez de productos básicos completa el círculo infernal. El pollo, el aceite, el arroz, los medicamentos… Todo falta. Todo se busca. Todo se paga a precio de sangre. Y cuando un país no produce nada, cuando su agricultura es un cementerio de ilusiones y su industria un chiste de mal gusto, el mercado informal se convierte en el único juez. Y ese juez dicta sentencia cada mañana: 700 pesos por un dólar. Mañana serán 710. Pasado, 720. Y así hasta que alguien se atreva a hacer algo distinto.
¿Hasta dónde puede llegar el dólar?
La pregunta no es cuánto vale el dólar hoy. La pregunta es hasta dónde puede llegar. Si el ritmo de depreciación se mantiene en diez pesos diarios —y nada indica que vaya a frenarse—, antes de que termine el mes estaremos hablando de 800. Antes de que termine el verano, de 1.000. Y ojalá me equivoque.
Ojalá alguien en los despachos del poder entienda que sin producción, sin inversión real y sin un cambio profundo de modelo, el peso cubano seguirá siendo lo que es hoy: un papel pintado que solo sirve para limpiarse las lágrimas.
Cuba se desangra en tiempo real. Mientras los burócratas repiten discursos aprendidos en otro siglo, el dólar sigue su escalada triunfal, los jóvenes hacen cola en las embajadas y los que se quedan aprenden a sobrevivir con el estómago medio vacío y el alma encogida.
Setecientos pesos por un dólar no es solo una cifra económica: es un certificado de defunción de todas las políticas que nos han traído hasta aquí. Y el reloj sigue corriendo.






