Transparencia ahora: no se construye una república con los vicios del régimen

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Albert Fonse ()

Vancouver.- En cualquier democracia seria, los partidos políticos no solo compiten por votos: también están obligados a rendir cuentas sobre quién los financia. La transparencia financiera no es un detalle administrativo ni una formalidad secundaria; es uno de los pilares básicos de la confianza pública. En la mayoría de los sistemas democráticos modernos, los partidos deben declarar públicamente sus fuentes de ingresos, identificar donantes relevantes, reportar gastos de campaña y someterse a mecanismos de auditoría o supervisión electoral. La razón es sencilla: quien financia una estructura política rara vez lo hace sin esperar influencia, acceso o retorno.

Ese principio debe empezar a exigirse desde ahora dentro de cualquier oposición o movimiento que aspire a participar en la futura vida política de Cuba.

En estos momentos están surgiendo múltiples proyectos, movimientos, plataformas y partidos en el entorno opositor cubano, algo natural y positivo en cualquier proceso de apertura política. La pluralidad ideológica es sana. Lo preocupante no es que existan muchas organizaciones, sino que muchas de ellas se presentan ante el público sin explicar con claridad cómo se financian, quién paga sus actividades, quién cubre sus viajes, quién sostiene su estructura organizativa y qué intereses económicos o políticos existen detrás de sus operaciones.

Ojo con la influencia del dinero

Si verdaderamente se pretende construir una república distinta a la dictadura que se combate, entonces la cultura de la transparencia no puede comenzar después de la caída del régimen; debe comenzar antes.

No basta con proclamar ideales democráticos. No basta con declararse opositor. No basta con afirmar que se quiere libertad para Cuba. Toda organización que aspire a ejercer poder mañana debe demostrar hoy que está dispuesta a someterse al escrutinio público que exige una sociedad libre. Eso incluye revelar quién la financia.

Porque una verdad elemental de la política mundial nunca cambia: quien pone el dinero suele tener influencia sobre quien recibe ese dinero.

Por eso el pueblo cubano tiene derecho a saber qué empresarios, organizaciones, gobiernos, fundaciones, grupos de interés o individuos están financiando a cada proyecto político emergente. Tiene derecho a saber si detrás de ciertos discursos hay convicciones genuinas o agendas financiadas. Tiene derecho a conocer si determinadas organizaciones responden únicamente a sus militantes o también a patrocinadores con intereses propios.

Exigir transparncia no es dividir

Exigir esa transparencia no es atacar a la oposición. No es dividir. No es desconfiar por capricho. Es precisamente actuar como ciudadanos de una futura democracia.

Durante décadas, Cuba ha vivido bajo un sistema opaco donde las decisiones se toman en secreto, el dinero del poder no se fiscaliza y la ciudadanía nunca sabe quién mueve realmente los hilos. Reproducir esa misma falta de transparencia dentro de la oposición sería comenzar la futura república con los mismos vicios morales del régimen que se pretende reemplazar.

La oposición cubana no puede pedir confianza ciega. Debe ganársela.

Quien aspire a liderar, legislar, gobernar o influir en la futura Cuba debe acostumbrarse desde ya a una pregunta básica de toda sociedad libre: ¿quién te financia?

Porque si mañana Cuba va a ser una democracia real, entonces los cubanos no solo deberán elegir Por entre partidos distintos. También deberán saber quién está detrás de cada uno de ellos.

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