
El Estado Socialista no redistribuye las riquezas: ¡Se las apropia!
Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- Pocas ideas han ejercido una seducción tan persistente como la promesa socialista de construir una sociedad donde la riqueza se distribuya con justicia. Durante más de un siglo, millones de personas abrazaron ese ideal convencidas de que bastaba entregar al Estado el control de la economía para acabar con la pobreza y las desigualdades.
La historia, sin embargo, ha pronunciado un veredicto muy distinto.
El problema comienza con una ilusión: creer que el Estado es una entidad neutral, casi desprovista de intereses propios, capaz de administrar la riqueza con mayor sabiduría que los ciudadanos que la producen. Pero el Estado no es un concepto filosófico. No trabaja la tierra. No abre empresas. No inventa tecnologías. No arriesga capital. No crea riqueza.
El Estado es una estructura de poder sostenida por funcionarios que administran recursos generados por otros.
La riqueza nace siempre del talento humano, del trabajo, del ahorro, de la inversión, de la creatividad y de la libertad para emprender. Ningún decreto puede fabricar prosperidad del mismo modo que ninguna ley puede obligar a un árbol a producir frutos durante todo el año.
La economía posee leyes tan reales como las de la naturaleza. Cuando se respetan, las sociedades prosperan. Cuando se ignoran, aparecen la escasez y el empobrecimiento.
El drama de la planificación centralizada
El socialismo parte de una premisa profundamente equivocada: supone que la riqueza existente puede redistribuirse indefinidamente sin afectar su capacidad de reproducirse. Es como si un agricultor repartiera la cosecha año tras año mientras consume también las semillas destinadas a la próxima siembra.
Durante un breve tiempo parecerá que todos reciben más. Después llegará inevitablemente el hambre.
Ese es el drama permanente de las economías centralmente planificadas.
Cuando el Estado se convierte en propietario de los medios de producción, desaparece el principal incentivo del progreso humano: la posibilidad de mejorar mediante el propio esfuerzo. Si producir más o producir menos ofrece prácticamente el mismo resultado, el estímulo para innovar comienza a extinguirse. Poco a poco, la iniciativa individual es sustituida por la obediencia burocrática.
El precio de la igualdad
La igualdad deja entonces de ser una aspiración moral para convertirse en una imposición administrativa.
Pero la igualdad impuesta tiene un precio extraordinariamente alto.
No premia el mérito. No recompensa el talento. No estimula el sacrificio. Simplemente iguala hacia abajo.
Es una igualdad construida sobre la reducción de las oportunidades y no sobre la expansión de la prosperidad.
La riqueza es semejante a un río. Necesita libertad para fluir, alimentar nuevas actividades y generar bienestar. El socialismo pretende represarla completamente bajo la autoridad del Estado. Al principio parece controlar la corriente; al cabo de unos años descubre que el cauce comienza a secarse.
La historia económica del siglo XX ofrece numerosos ejemplos de este fenómeno. En distintos países que adoptaron modelos de planificación central, el crecimiento terminó estancándose, la productividad cayó y la escasez se convirtió en una característica cotidiana. Las diferencias entre esos países fueron importantes, pero el patrón general ha sido ampliamente estudiado: cuando desaparecen la competencia, la propiedad privada y los incentivos económicos, la creación de riqueza tiende a debilitarse.
El ejemplo de Cuba
Quizá ningún ejemplo resulte tan doloroso para los cubanos como el de Cuba.
Una nación que llegó a ocupar posiciones destacadas en diversos indicadores económicos de América Latina terminó convertida en un país donde millones de personas luchan diariamente por satisfacer necesidades elementales.
Los apagones se han vuelto parte del paisaje nacional. La escasez de alimentos ya no constituye una emergencia temporal, sino una condición permanente. La falta de medicamentos afecta a hospitales y farmacias. En numerosos hogares el agua potable llega de manera irregular. El gas doméstico escasea. El transporte público se deteriora. La infraestructura envejece sin recibir el mantenimiento indispensable.
Mientras tanto, innumerables familias sobreviven gracias a las remesas enviadas por hijos, padres y hermanos que emigraron hacia economías donde el trabajo puede convertirse en progreso.
La paradoja resulta difícil de ignorar. El mismo sistema que condena al capitalismo en sus discursos necesita de la riqueza creada en economías de mercado para aliviar las carencias de su propia población.
No existe contradicción más elocuente.
Con frecuencia se afirma que el Estado socialista redistribuye la riqueza. La realidad parece describir un proceso diferente. Primero concentra los recursos económicos. Después concentra el poder político. Finalmente distribuye la escasez que él mismo ha contribuido a generar.
Entretanto, surge una nueva clase privilegiada: La burocracia. Mientras el ciudadano pierde capacidad de decisión sobre su trabajo, su patrimonio y su futuro, el aparato estatal incrementa su control sobre casi todos los aspectos de la vida económica.
La desigualdad no desaparece. Simplemente cambia de rostro. Ya no se mide únicamente por la riqueza material, sino por la cercanía al poder.
El precio de la ausencia de libertad
Esa quizá sea una de las grandes ironías del socialismo real. Nació proclamando la desaparición de los privilegios y terminó construyendo sistemas donde los mayores privilegios quedaron reservados precisamente para quienes administraban el Estado.
Las naciones prosperan cuando millones de personas toman decisiones libres, crean empresas, asumen riesgos, descubren soluciones e intercambian voluntariamente el fruto de su trabajo.
Ningún ministerio posee suficiente conocimiento para reemplazar la inteligencia colectiva de toda una sociedad.
La libertad económica no garantiza que todos alcancen el mismo nivel de riqueza.
Pero la ausencia de libertad casi siempre garantiza que la riqueza disponible sea cada vez menor.
La historia no parece confirmar que el socialismo haya encontrado una fórmula duradera para producir prosperidad. Lo que sí muestra, una y otra vez, es que las sociedades más dinámicas han sido aquellas donde el Estado protegió el derecho de las personas a crear, invertir, comerciar y conservar el fruto legítimo de su esfuerzo.
La prosperidad no puede decretarse. La riqueza no nace de la confiscación. Y ningún gobierno ha conseguido jamás repartir indefinidamente aquello que antes ha impedido crear.
Esa, quizá, sea la lección más persistente que la historia continúa ofreciendo a quienes todavía creen que la pobreza puede combatirse concentrando cada vez más poder en manos del Estado.
¡COMUNISTAS, LES QUEDA CLARO !.





