Sin techo, sin medicinas: la lucha diaria de Pablo y su papá anciano

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Por José L. Tan Estrada

Camagüey.- En el Bloque 4, Apartamento B-8, de la calle del Medio, reparto Los Bloques, por «El Jardín», Camagüey, vive Pablo Marlon junto a su padre, un jubilado de más de 70 años que padece osteoporosis. La casa, de mampostería y madera, tiene el techo de zinc apuntalado para evitar que se derrumbe. Cuando llueve, entra el agua por todas partes.

Su madre murió el 29 de junio de 2024. Desde entonces son solo ellos dos, intentando sobrevivir.

Pablo, de 29 años de edad, trabajó casi siempre de custodio. En 2019 le diagnosticaron un Trastorno Orgánico de la Personalidad, que sumado a la epilepsia que padece, lo obligó por indicación médica a retirarse parcialmente del trabajo. Por la vulnerabilidad de su vivienda, el Estado le otorgó a él y a sus padres una chequera de asistencia.

Sin techo, sin medicinas: la lucha diaria de Pablo y su papá anciano

Esa chequera se la quitaron a su padre. Según cuenta Pablo, fue Rosabel, funcionaria del Órgano de Trabajo, quien se las arregló para retirarla amparándose en una ley que buscaba eliminar ayudas a quienes no las necesitaran — algo que, insiste, no era su caso: su madre también estaba enferma, y él aún estudiaba.

Hoy la familia sobrevive con una chequera de asistencia por vulnerabilidad de apenas 2,660 pesos. No alcanza, pero Pablo vive con miedo de que se la retiren si detectan cualquier ingreso adicional. Aun así, no le ha quedado otra opción que buscarse la vida en silencio: vendió pizzas hasta que dejaron de ser rentables, intentó comisiones vendiendo casas por Facebook, trabajó de custodio y de dependiente en un puesto de la calle Cuba y, más recientemente, en el Mercado del Hueco de la Carretera Central. En casa venden jabón, espaguetis, y antes huevos, cigarros y especias — cuando no terminan consumiendo ellos mismos la mercancía solo para poder comer.

Buscar empleo formal no ha sido fácil. Cuenta que en los puestos de dependiente lo rechazan porque prefieren mujeres, «porque atienden mejor», sin mirar su experiencia. Probó como ayudante de albañilería, sin éxito. Las plazas de lunchero o pizzero piden una experiencia que él no tiene.

La vivienda es la parte más dolorosa de la historia. Intentó construir y legalizar por su cuenta, pero un inspector detuvo la obra. El trámite con una arquitecta quedó truncado cuando ella emigró del país, y no tenían dinero para seguir pagándole a una abogada que solo pedía más. Después del paso del ciclón Ike les entregaron tejas que nunca pudieron poner — por miedo a multas de los inspectores, y porque el dinero que tenían se fue en comida.

El caso lo conocen el gobierno municipal, el provincial y hasta instancias en La Habana. Las respuestas, dice Pablo, siempre fueron evasivas: que no hay albergues, que no hay casas — mientras salen a la luz, uno tras otro, casos de corrupción y nepotismo en la entrega de viviendas en el país.

A todo esto se suma que Pablo no consigue los medicament-os que necesita. Sin ellos, controlar su condición se vuelve una lucha diaria más, en una casa que amenaza con caerse encima de un anciano de más de 70 años y su hijo enfermo.

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