
El rey desnudo y la implosión anunciada
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Hay verdades que pesan como un quintal de plomo aunque no gusten, y una de ellas es que el régimen cubano no es más que un monumento vivo a la incompetencia.
No creas que porque ha durado casi setenta años en el poder es competente. Mantenerse en el poder cuando se han anulado todas las libertades, se controla la comida del pueblo y se persigue al que piensa diferente no es un logro político, sino simplemente la consecuencia lógica de aplicar la receta del control totalitario.
Te lo demuestro. Más de seis décadas después, los mismos que prometieron convertir la isla en un vergel lograron la proeza inversa: arruinarlo todo, hasta el sentido común. ¿Cómo se explica si no que la tierra del azúcar tenga que importar el grano para el café de la mañana, o que un país rodeado de mar no tenga pescado en la mesa?
No hay misterio ni ingeniería genial detrás: la agricultura colapsó porque ahorcaron la iniciativa privada; la industria se convirtió en chatarra por pura desidia centralizada; y las termoeléctricas tiran la toalla porque prefirieron levantar hoteles vacíos que comprar un repuesto a tiempo. Dependieron primero de la teta soviética, luego del petróleo venezolano, y en el camino convirtieron la salud y la educación en banderas descoloridas por la falta de insumos y la huida masiva de profesionales. Es el resultado predecible de un sistema donde la obediencia política siempre le gana el pulso al sentido común.
El control total siempre falla
Esa misma incapacidad crónica es la que ha terminado activando una implosión lenta pero inexorable desde las entrañas del propio sistema, esa paradoja trágica de la que ningún totalitarismo logra escapar. Al intentar controlarlo todo, desde la venta de un mazo de cebollas hasta el pensamiento de la gente, el Estado ha terminado ahogándose en su propia burocracia. Copiaron al carbón el modelo soviético para blindar el poder a costa de destrozar la vida diaria, sin entender que un país no se sostiene a base de discursos y consignas cuando la nevera está vacía. Es la serpiente mordiéndose la cola: la mediocridad con la que administran la nación va pudriendo los cimientos sobre los que están parados, porque sin producción no hay economía, sin economía no hay bienestar, y sin bienestar la simulación se cae a pedazos.
Sin embargo, esa implosión mantiene atrapada a la gente en un limbo perverso donde conviven dos realidades devastadoras. Por un lado, el deterioro ya tocó hueso y alcanzó un punto de no retorno; por el otro, la dictadura ha demostrado una habilidad casi satánica para administrar la miseria y estirar la agonía a costa de exprimir hasta la última gota de aliento de la gente. ¿Hasta cuándo se puede vivir a oscuras, con hambre y en medio de la basura, y viendo que todos emigran con tal de respirar? Es que el régimen se alimenta justamente de ese desgaste total de la sociedad, apostando a que el cansancio físico y mental apague cualquier chispa de rebeldía mientras ellos siguen repartiendo la escasez con cuentagotas.
Por eso mismo, esperar a que la fruta podrida caiga sola por su propio peso puede tomar una eternidad que el pueblo ya no tiene. Para romper este círculo vicioso se necesita un detonante externo que acelere el desenlace… y no, no hace falta imaginar botas militares ni invasiones de película. Piensen, por ejemplo, en algo tan concreto y demoledor como el acceso libre, gratuito e ininterrumpido a Internet por vía satelital para toda la isla.
Si al cubano de a pie le quitan el apagón informativo con el que el poder aísla a un pueblo entero cada vez que se levanta una voz, el control narrativo se desploma en 24 horas. Bastaría un impulso exterior de esa magnitud para desarmar la logística del miedo y coordinar la voluntad de millones. Al final, ningún monopolio de la fuerza puede contener a todo un país cuando la verdad circula y la gente descubre, de golpe, que el rey no solo está desnudo, sino que lleva seis décadas vendiéndonos el traje.






