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Por Ernesto Ramón Domenech Espinosa ()

Toronto.- Los camaradas de la CTC, siempre adictos a reuniones y muy al tanto de las orientaciones del líder, después de un discursillo en la Universidad de La Habana, en noviembre de 2005, tomaron la iniciativa. Querían aportar lo suyo en este nuevo frente de batalla: la lucha contra la corrupción y las ilegalidades. Entonces idearon la operación: “Lázaro Presente”. ¿De quién habrá sido la idea?

Se organizaron asambleas de trabajadores a través de todo el país en las que se conminaba a los afiliados, en una especie de mea culpa pública y colectiva, a confesar sus crímenes —robos, desfalcos, atracos y otras fechorías en sus centros laborales— y a prometer, bajo juramento, no volver a incurrir en esos actos que vulneraban la moral y el presupuesto nacional. Aquellas declaraciones de delitos no tendrían consecuencias legales o administrativas; nadie saldría castigado o condenado. Sería una muestra más de amor a la patria y de sacrificio.

En 2006 arrancaron aquellas conferencias sindicales de las que la prensa radial y escrita (y también la TV) se hizo eco. A Cruces le tocó su turno en abril, y una tarde fuimos convocados para el teatro Raúl Gómez García los empleados de Industria Alimenticia, Cadena Cubana del Pan, Empresa de Servicios, la Base de Camiones y la EMBELI (Empresa de Bebidas y Licores). El local estaba casi lleno: unas 200 personas y algo más. Desde la tribuna, una presidencia de cinco. Una hora antes de comenzar el mitin tomé lápiz y hoja, hice unas cuentas y guardé el papelito en el bolsillo de la camisa.

Emplazados

A las 3:00 p.m. comenzó el espectáculo. El auditorio llenaba el local. En la tribuna, cinco o seis representantes de la CTC, el PCC y el Poder Popular. Tomó la palabra uno de los “camisa de cuadros”, presentó al resto de la comisión, explicó de manera general en qué consistía el evento e incitó a los presentes a hablar con total “libertad”, sin tapujos. “Los obreros cubanos siempre han dado el paso al frente”, decretaba el “camisa de cuadros” con orgullo sindical. No supe discernir entre el sarcasmo o la burla para clasificar la frase.

Alguien de las primeras filas salió al pasillo y tomó el micrófono. Con desgano y vacilante enumeró algunas de sus fechorías cometidas en la empresa, y daba las gracias por la oportunidad recibida para terminar de una vez con esas actitudes negativas; invitaba a los demás a hacer lo mismo. Se escuchó un tibio aplauso mientras volvía a su asiento. Se hizo una pausa, todos a la expectativa. ¿Quién era el próximo? ¿Quién entrega la divisa? Alcé la mano —la derecha, claro—, me levanté de la butaca y hablé:

—Ustedes, los miembros de la tribuna y el resto de los dirigentes y directores de empresa aquí presentes, son admiradores del Che Guevara. Los exhorto aquí y ahora a ser valientes, a predicar con el ejemplo. Sean ustedes los primeros en confesar públicamente sus robos y actos delictivos frente a los trabajadores —dije mirando al estrado y me fui a sentar.

Fuera de control

El tenso silencio se rompió con uno de aquellos “cuadros” reconociendo que en ocasiones había prestado el carro de la empresa y algo de gasolina para actividades ajenas a la producción. “Era para ayudar a alguien que necesitaba ir al hospital”, se justificó. Un segundo jefecillo admitió la utilización de materia prima para la solución de problemas personales. Se propagó por la sala un murmullo que contenía risas y chistes.

Entonces intervino alguien desde el podio: “Compañeros, entendemos sus preocupaciones, pero cada asamblea responde a un nivel de dirección, y nosotros, los dirigentes, tendremos que rendir cuentas a instancias superiores. Hoy tienen la palabra ustedes, los trabajadores”. El intento por desviar el foco del debate falló; salieron voces para martillar sobre el punto afirmando que mientras operarios y técnicos podían llevarse unas barras de pan o unos litros de petróleo, los jefes desviaban toneladas de productos.

La discusión elevó el tono. Uno de esos sindicaleros de base, electricista de profesión, señaló directamente a un grupo de maestros panaderos que, según él, lucían con ostentación y descaro cadenas de oro y relojes caros sin faltar un sábado a la discoteca o a la barra del “Chorrito”, local que ofrecía cerveza dispensada. Los aludidos respondieron con insultos personales; otros también opinaron a favor o en contra, y el careo duró algunos minutos. Las cosas se habían salido de control.

Otro pinchazo

Desde la presidencia trataron de atajar el asunto y reconducir la reunión. Se hicieron propuestas para mejorar la supervisión y el cuidado de materias primas y producción terminada, para optimizar el uso de los recursos disponibles. Se volvió a hablar de la compleja situación económica del país, del “bloqueo”, de la labor político-ideológica de la máxima dirección del “Partido” y el “Sindicato”, del compromiso de no fallarle al Comandante.

Entonces alcé la mano y me fui hasta el micrófono. Saqué del bolsillo de la camisa el papel marcado con números y cuentas, y empecé:

—Ustedes nos proponen dejar de robar y traficar con los recursos del Estado. Yo estoy de acuerdo, pero respondan con claridad —y mirando las cifras del trozo de hoja razoné—. Si una familia típica cubana de cuatro personas, los padres y dos hijos, tiene una entrada de 800.00 pesos mensuales (400.00 de salario de ambos padres) y sus gastos en alimentos, ropa, transporte…

No pude terminar mi intervención. El presidente de la comisión irrumpió a gritos, me mandó a callar, estaba insultado. “Yo sé por dónde tú vienes. Esos son los mismos argumentos, las mismas mentiras con que nos atacan los enemigos de la Revolución. Hacen su propia contabilidad, pero no incluyen en sus cuentas las gratuidades y servicios sin costo que reciben los cubanos de la isla. No hablan de la salud, de la educación, de la cultura y el deporte que todos disfrutamos. Usted está equivocado y es mejor que se calle”.

El careo

No me moví del lugar, no me fui a sentar. Entre los participantes, algunos de mis compañeros de trabajo y hasta el director de Pan y Dulce me hacían señas para que me callara, para que dejara aquel enfrentamiento. Estaban más nerviosos y angustiados que yo. Ahora el silencio fue total, una expectante calma flotó en el ambiente. Dejé que pasaran los segundos, que el cabeza de cuadro del podio volviera a sentarse con fastidio, y hablé:

—No me voy a callar, vine a hablar y a decir lo que pienso de este tema. Yo no sé, ni me importa, qué cuentas y qué números tienen fuera de Cuba; no sé qué método económico utilizan para llegar a los totales. Siempre me han gustado las matemáticas, doy clases de Cálculo en la Universidad y hago mis propias cuentas —iba diciendo—. Me preguntaba cómo una familia que dispone de 800.00 pesos mensuales y necesita 1.500.00 pesos para cubrir los gastos de alimentos, transporte, electricidad, aseo y limpieza, medicinas, ropa y calzado, sin recibir remesas o ayudas del exterior, puede completar su presupuesto. ¿Cómo se hace para corregir la diferencia de 700.00 pesos? —y entonces volví a mi puesto en las filas del medio.

Esta vez el mismo tipo me respondió titubeando:

—Bueno, hay que ajustarse el cinturón con los gastos, buscar otras fuentes alternativas de ingresos como sembrar o criar puercos, tener otra contrata de trabajo. Lo que sí está claro es que hay que terminar con esto del robo y la corrupción. A ver, ¿y usted qué haría? —me interpeló directamente.

—Yo tengo mis propias ideas. Fui yo el que preguntó; quiero que expliquen cómo se resuelve esta diferencia de entradas y salidas de dinero —respondí desde mi butaca.

—Ya le he respondido, he sugerido algunas acciones y seguro aparecen más con el aporte de ustedes. Diga qué hará usted —soltó el cuadro con gesto desafiante.

—Pues para ser sincero —me había puesto de pie—, y para no caer en las mentiras y la hipocresía, si mi familia tiene necesidad y no tengo el dinero, voy a volver a cometer actos de robo o ilegalidades —mi gesto devolvió el reto.

La asamblea malograda

Tras una breve pausa vino el caos; la puesta en escena había abandonado el libreto original. Varios de los presentes cuestionaron las carencias materiales, las malas condiciones laborales, las dificultades para el doble empleo, la inexactitud de mis cuentas —pues la diferencia en negativo era todavía mayor—. Nadie más declaró sus fechorías y atracos; los de la tribuna habían perdido el control; no se llegó a ningún consenso.

Alguien que lucía guayabera hizo las conclusiones apuradas del evento. Sí recuerdo que mientras se aplaudía y se gritaban las cansonas y mierderas consignas de “Viva la Revolución”, “Viva Fidel” y “Patria o Muerte”, me quedé sentado, con los brazos cruzados, sin abrir la boca y sosteniendo la vista a los ojos que me observaban desde el estrado.

Ya saliendo del teatro, en una esquina del parque, me detuvo Albertico, un chofer de la Base de Camiones, y dándome la mano me soltó: “Ernesto, se les jodió la asamblea a esos verracos. Te agradezco lo que dijiste, yo pienso igual”. Me fui directo a la casa, me cambié de ropa y me fui a jugar fútbol.

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