
El pedido desesperado de un país muerto
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- El embajador cubano en Rusia, Enrique Orta González, ha vuelto a la carga. Desde Kirguistán, en una reunión del Consejo Intergubernamental Eurasiático, ha extendido la mano hacia la Unión Económica Eurasiática con el mismo discurso de siempre: Cuba quiere inversores, quiere bancos, quiere proyectos de beneficio mutuo. Suena a súplica, pero es una confesión. Porque cuando un país que durante décadas presumió de autarquía revolucionaria se pone de rodillas ante cualquier tribuna internacional, no está negociando: está mendigando.
El régimen castrista, que durante 67 años ha demonizado al capital extranjero, que ha expropiado, nacionalizado y ahuyentado a todo inversor que osara poner un pie en la isla, ahora se desvive por atraer «alianzas público-privadas» y «participación de empresarios extranjeros». La ironía es tan gruesa que apenas cabe en un discurso diplomático. Pero no es arrepentimiento, ni mucho menos: es la desesperación de un régimen que ha llevado su país al borde del colapso y ya no sabe cómo mantener la ficción de que aún gobierna algo más que ruinas.
Las «transformaciones» que menciona el embajador no son más que parches sobre una estructura podrida. Las 176 medidas que el gobierno ha anunciado con bombo y platillo no son una reforma, son el reconocimiento de que el modelo socialista ha fracasado. Pero el mundo lo sabe. Los inversores lo saben. Y por eso pasan de largo. Nadie en su sano juicio va a poner un rublo, un euro o un dólar en un país donde las reglas cambian cada semana, donde la propiedad privada es un privilegio revocable y donde el Estado se reserva el derecho de expropiar cuando le convenga.
El cinismo del embajador
El embajador habla de «entorno de inversiones más dinámico y transparente». ¿Dinámico? ¿Transparente? En Cuba no hay ni electricidad para mantener encendida una computadora, y el gobierno pretende convencer a los banqueros de la UEE de que allí hay oportunidades. Es el colmo del cinismo. Pero el mundo ya no se traga el cuento. Moscú, que durante años fue el principal socio de La Habana, hoy está enredada en su propia guerra y no tiene recursos para seguir financiando el desastre. Y los países de la UEE, aunque asienten con cortesía en las reuniones, saben que invertir en Cuba es como poner dinero en un agujero sin fondo.
El régimen insiste en culpar a Estados Unidos por la ruina. Y el bloqueo existe, es real, es una agresión inhumana. Pero el bloqueo no explica por qué las termoeléctricas llevan décadas sin mantenimiento. No explica por qué los puertos están colapsados, por qué los campos están yermos, por qué los hospitales son un cascarón de miseria. Esa es obra del castrismo, de su obsesión por el control, de su incapacidad para gestionar nada que no sea la represión y la propaganda. El bloqueo es una excusa; la incompetencia, la verdad.
El pedido de Orta González en Kirguistán es solo el último episodio de una comedia que ya nadie quiere ver. Cuba está muerta como proyecto económico, y el régimen, con sus discursos vacíos y sus embajadores suplicantes, solo confirma lo que todos saben: que el socialismo cubano no tiene futuro. Pero mientras los burócratas viajan de cumbre en cumbre pidiendo inversiones, el pueblo sigue sin luz, sin agua, sin comida, sin esperanza. Y el mundo, que ha visto esta película demasiadas veces, pasa de largo. Porque nadie invierte en un cadáver, por mucho que el cadáver levante la mano para pedir limosna.






