
La sabiduría de la espera
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Perdonen la autoayuda. Hoy amanecí con esto por dentro y, no por casualidad, una amiga me texteó sobre el tema. Entonces decidí escribir para eternizarlo.
Hay una impaciencia feroz en la mente que nos hace creer que pedir algo equivale a recibirlo al doblar de la esquina, como si la felicidad fuera un tropiezo fortuito en la acera.
Hace rato entendí que la vida no regala atajos. Antes de darte el destino que sueñas, te quiebra, te remueve las entrañas y te moldea hasta convertirte en el refugio exacto donde esa bendición pueda echar raíces. Darle una historia grande o un triunfo enorme a una alma que todavía no ha sanado es, en mi opinión, garantizar su propio naufragio.
Me pasa cuando contemplo las fotos viejas de mi esposo o revivo aquella primera noche en que nos conocimos y cruzamos apenas tres frases. Me entra un apretón en el pecho y me dan unas ganas locas de desandar los años, correr a buscarlo y comérmelo a besos. Pero enseguida respiro y entiendo la sabiduría de la espera. En aquel entonces no estábamos listos; hacía falta toda la marea del tiempo para llegar a este presente bendito.
Nadie florece en un amor sano guardando tormentas por dentro, ni sostiene la abundancia con el alma encogida. El Universo te enseña a golpes de vida y también te puede pulir en el fuego, aunque te parezca que se excede o que nunca alcanzarás lo que deseas.
Por eso a veces, cuando pedimos bendiciones, parece que te cae encima la noche más oscura o una fila de gente equivocada. No es ensañamiento ni mala racha: es la vida poniéndote un espejo enfrente para que reconozcas lo que jamás vas a tolerar y vayas limpiando el terreno.
Yo sé muy bien lo que es raspar el fondo, haber visto el rostro de la muerte en mi adolescencia y sentir, a lo largo de la vida, el peso de los juicios por no caber en los moldes de nadie. Sin embargo, ni el dolor más hondo me apagó el fuego interno. Cada cicatriz fue la fragua que me formó para habitar, hoy, casi toda la vida que soñé despierta.
Lo que resta por llegar no me desvela, porque sé que viene bajando a su paso. Honra cada piedra del camino, el proceso con sus sombras y la fe inquebrantable en lo que somos capaces de manifestar.






