Trump y Xi Jinping dejan claro que el mundo es bipolar

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Por Carlos Carballido

Dallas.- La geopolítica global está confirmando mi hipótesis de que, en este 2026, hay solo dos actores globales de importancia que se necesitan mutuamente: Estados Unidos y China.

En este nuevo esquema ya no cuenta Rusia, que está cerca de cumplir cinco años de una guerra de desgaste que ya le está pasando factura política y económica a Vladímir Putin.

El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Washington demostró que los imperios no necesariamente deben ser autodestructivos, sino que, en las nuevas circunstancias, con la IA de por medio, deben cooperar para mantener una hegemonía compartida en la que ya no caben terceros como Rusia o cualquier otra nación del G7.

Los mandatarios protagonizaron un espectáculo (primero en Pekín y ahora en Washington) en el que cada uno mostró su fortaleza: EE. UU., su posición a la vanguardia tecnológica y su enorme capacidad de consumo, que China necesita para dar salida a su producción y financiar la innovación con la que compite por la hegemonía global.

El encuentro entre Trump y Xi dejó claro que negociar es un arte, pero también que siempre es mucho más conveniente que la confrontación directa. Ambos mandatarios, cada uno a su estilo, saben que el poder mundial debe repartirse sin ventajas exclusivas para ninguna de las partes.

Rusia a la zaga

Rusia, que hasta hace poco pertenecía a un mundo tripolar junto con China y Estados Unidos , ha perdido en esta nueva contienda, que nos ha devuelto al antiguo mundo bipolar, pero sin Guerra Fría. La propaganda de su “poderío misilístico” con capacidad nuclear ya ni siquiera asusta en esta nueva era de la guerra asimétrica a la que Moscú ha llegado tarde.

Xi Jinping convenció a Trump de que China ya no concibe alianzas simétricas, porque su visión histórica y estratégica es la de un polo autónomo.

Rusia, en cambio, al romper sus puentes con Occidente, ha quedado atrapada en el papel de socio menor, con una hegemonía regional cada vez más erosionada y países satélites cada vez mas cercanos a China.

Pekín no tiene ninguna intención de pagar los costos diplomáticos o económicos de las aventuras militares rusas que, si bien estuvieron justificadas en sus inicios tras la ruptura de los acuerdos de Minsk II, en este momento representan un lastre interminable para el pueblo ruso, que ya empieza a pagar las consecuencias.

Mientras Rusia opera como un actor disruptivo que busca una victoria casi imposible en Ucrania, China ha aprovechado para afianzarse como potencia comercial. Para seguir expandiéndose, necesita estabilidad en las rutas marítimas, buenas relaciones con EE. UU. y acceso a los mercados de Occidente y del Sur Global y Rusia comienza a ser un lastre.

Y Trump, que sabe cómo funciona el juego, acaba de comprobar que China caminaba con Rusia cuando le sirvió para desgastar a Washington, pero ahora camina sola cuando se trata de proteger sus propios intereses. Esta vez, ambos han aprendido que es mejor mantener buenas relaciones que enfrentarse.

Y esto, guste o no, se relaciona con lo que Sun Tzu aborda en El arte de la Guerra: enfrentarse a un enemigo más poderoso no mediante el choque de fuerza bruta, sino mediante la evitación, la adaptación y el desgaste indirecto.

China y EE. UU. lo han comprendido y actúan en consecuencia.

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