
Nunca sirvas comida cuando llores
Por Eduardo González Rodríguez ()
Santa Clara.- Hace tres días vi a mi esposa llorando en la cocina. Estaba sirviendo un poco de comida en una cantina de plástico verde.
-Es para Juanito. -Me dijo- Vino otra vez a ver si nos había quedado algo de comida. ¡El corazón se me parte en pedazos!.
A Juanito lo conoce casi todo el mundo en el reparto. Tiene una enfermedad rara. Es capaz de memorizar los cumpleaños de muchísimas personas con día, mes y año, pero tiene un tono de voz y una manera de hablar que denuncia algún trastorno cognitivo. Creo que es un hombre sensible a pesar de todo. Se busca la vida chapeando patios y podría decirse que en eso es un profesional.
-Dice que hoy no le dio tiempo de hacer nada porque estuvo trabajando hasta tarde. Y como no hay corriente…
-Nunca sirvas comida cuando llores. -Le dije.
Soy un tipo analfabeto y aburrido, lo sé. Por eso, quizás, le hablo a la gente de estas cosas. Cosas de campo, dirán, pero también sé que la resignación y la tristeza forman un veneno perfecto que a veces convierte a la mayoría de la gente en «juguetes del destino».
Si compras dos libras de carne, por ejemplo, y protestas por el precio, no comerás carne, te comerás tu propia angustia. Al final, siempre tienes la opción de no comprarla. Pero si te entristece el precio y aún así te das el lujo de pagarla, estarás comprando tristeza, no comida. Y comer tristeza es admitir que te están ganando la partida. Los tristes -por triste que sea- jamás fundaron un país ni construyeron un camino.
Juanito dijo cinco o seis veces «agradecido, doctora», haciendo inclinaciones de cabeza. Luego se perdió en la abominacion terrible de otra noche sin luz con su cantina de plástico verde entre las manos.
Yo he visto cosas horribles. He vivido cosas horribles, pero me río de todos y de todo. No creo en 176 medidas, ni en redimensionamientos económicos, ni en planes urgentes, ni en el «tenemos que producir» de los voceros gubernamentales, ni en la honestidad de los que dicen defender un ideal y no caben en sus camisas. Y no creo, porque mientras mueven el tablero y siguen improvisando medidas, hay familias sin comer, gente sin medicinas y jóvenes tratando de conquistar un solo sueño: abandonar este barco que no avanza y hace aguas.
Cuando en la TV hablan de justicia social como si hablaran desde una isla de encanto, siento asco, mucho asco. Respeto más a los que piden comida, que a los que piden resistencia. Los que piden comida no roban, los que piden resistencia no saben lo que es hambre.
Hoy no vino Juanito, pero no hace falta ser adivino para saber que muchísimos cubanos que trabajan se acostarán sin comer en otra noche de apagón. Y me perdonan los cazadores cibernéticos, en cosas así no hay heroísmo. Si lo hubiera, los que dirigen este país estuvieran a oscuras y haciendo ayuno intermitente.
Abrazo, cubanos, donde quiera que estén y como quiera que piensen.



















