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Nueva York.- En un extenso análisis publicado este lunes en The New York Times, el profesor Michael J. Bustamante, catedrático de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos en la Universidad de Miami, examina la compleja encrucijada en la que se encuentra la isla ante la presión de la administración Trump y el desgaste interno de su propio régimen. Bajo el título «Washington Is Still Trying to Rewrite Cuban History», Bustamante sostiene que el pueblo cubano es el que está pagando el precio más alto de un estancamiento en el que Washington y La Habana parecen estar atrapados en un juego de ajedrez que se prolonga sin un desenlace claro.

El artículo describe a una Cuba sumida en la asfixia económica, donde los ciudadanos viven pendientes de la llegada de alimentos importados o medicinas enviadas por familiares desde el extranjero, mientras la electricidad apenas regresa una o dos horas al día.

Según Bustamante, los cubanos se han vuelto «expertos involuntarios en esperar»: esperan el pan, los autobuses, las visas y, sobre todo, esperan señales de que Washington o su propio gobierno encuentren una salida a su situación de miseria. Ninguna cantidad de «resistencia creativa», como la denomina el presidente Miguel Díaz-Canel, puede ocultar que el pueblo está siendo llevado al límite de su resistencia.

El de a pie paga las consecuencias

El académico advierte que la incertidumbre ha llevado a distintos actores a depositar sus esperanzas en futuros muy diversos: la caída del régimen comunista, una transición negociada a la democracia o incluso una acción militar al estilo de Venezuela.

Sin embargo, Bustamante considera que lo más probable es un estancamiento prolongado en el que los cubanos de a pie seguirán pagando las consecuencias. La diáspora, por su parte, sueña con un «1989» cubano, pero el profesor subraya que el colapso de los regímenes de Europa del Este dependió de divisiones internas y oposiciones organizadas, elementos que hasta ahora no se han replicado en la isla.

Uno de los puntos centrales del análisis es el cambio de estrategia de la administración Trump. Bustamante señala que, en las comunicaciones iniciales con el nieto de Raúl Castro y el aparato de seguridad cubano, Marco Rubio y el director de la CIA manifestaron su disposición a permitir que algunas autoridades comunistas permanecieran en el poder a cambio de reformas económicas y la liberación de presos políticos.

Sin embargo, ante la negativa de Cuba, la Casa Blanca ha impuesto sanciones secundarias que han forzado la salida de empresas extranjeras y han endurecido el cerco, lo que ha reforzado las sospechas de que la presión no busca concesiones sino un malestar social generalizado.

El tiempo conspira contra el pueblo

The New York Times advierte que, aunque el verano ha sido históricamente una época de agitación en Cuba —desde el Maleconazo de 1994 hasta las marchas de 2021— la creciente inestabilidad no convierte esto en otro 1989. El aparato coercitivo del régimen permanece intacto, la amenaza de represión ha debilitado a la oposición y la emigración masiva ha funcionado como una válvula de escape que sustituye a la movilización popular.

Con hasta dos millones de cubanos que han abandonado la isla desde 2020, y el cierre de la frontera estadounidense a los migrantes cubanos desde 2025, el flujo se ha redirigido hacia otros destinos, pero la presión interna no ha desaparecido.

En cuanto a la posibilidad de una acción militar, Bustamante señala que Washington ha estado insinuando una intervención al presentar a Cuba como una amenaza para la seguridad nacional, citando vínculos con China y Rusia, supuesta adquisición de drones de Irán y su presunta participación en actividades de «subversión» hemisférica.

Pero, cualquier intervención recordaría el paralelismo de 1898, cuando una ocupación militar estadounidense de cuatro años dio lugar a una república subordinada a los intereses de Washington. El propio Trump ha hablado públicamente de una «adquisición amistosa» de la isla, y las sanciones secundarias han devaluado los activos cubanos, allanando el camino para posibles adquisiciones por parte de empresas estadounidenses a precios irrisorios.

El artículo concluye que ambos gobiernos parecen atrapados en un tira y afloja, donde cada parte espera que la otra haga la primera concesión importante. Pero el tiempo no está del lado del pueblo cubano. «Los gobiernos pueden permitirse el lujo de seguir esperando», escribe Bustamante. «Los cubanos de a pie, no». El profesor de la Universidad de Miami deja claro que, mientras Washington y La Habana juegan sus cartas geopolíticas, la vida cotidiana de millones de personas sigue deteriorándose sin que se vislumbre un horizonte de alivio inmediato.

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