
El carnicero cumple 94 años
Por Yeison Derulo
La Habana.- Ramiro Valdés cumple 94 años y el régimen lo celebra como si se tratara de un prócer de la nación. Miguel Díaz-Canel le dedica flores en X, Manuel Marrero le manda abrazos, y toda la maquinaria propagandística desempolva la misma narrativa gastada: héroe, lealtad, ejemplo, revolución. El libreto de siempre. La misma obra mala repetida durante más de seis décadas.
Pero la historia de Ramiro Valdés no cabe en los adjetivos almibarados del castrismo. A Valdés no se le recuerda por construir país alguno, sino por ayudar a diseñar uno de los aparatos de control más eficaces y temidos del continente. Si Fidel Castro fue el arquitecto político del sistema, Ramiro fue uno de sus principales ingenieros del miedo.
No es casualidad que muchos cubanos lo asocien con el rostro más duro de la represión. Fue el fundador de los órganos de la Seguridad del Estado, esa maquinaria que convirtió la vigilancia, la delación y el castigo ideológico en política de Estado. Bajo esa estructura crecieron generaciones enteras aprendiendo a bajar la voz en la sala de su propia casa, a desconfiar del vecino y a medir cada palabra como si la lengua fuera un delito.
Hablar de Ramiro Valdés es hablar de una Cuba donde disentir cuesta caro. Donde miles han pasado por interrogatorios, expulsiones laborales, actos de repudio, cárcel o exilio por pensar distinto. El sistema represivo cubano no apareció por generación espontánea. Tuvo nombres, apellidos y ejecutores. Ramiro es uno de los más visibles.
Claro, para el oficialismo sigue siendo el hombre del Moncada, del Granma, de la Sierra Maestra. Esa mitología revolucionaria sirve para envolverlo en una especie de inmunidad histórica, como si haber participado en la lucha armada otorgara patente eterna para aplastar libertades. El régimen vende esa biografía como una medalla. El problema es todo lo que vino luego.
Después del triunfo de 1959 no llegó la república prometida ni el país plural que muchos imaginaron. Llegó una estructura cerrada, vertical, asfixiante, donde figuras como Ramiro Valdés encontraron terreno fértil para ejercer poder real. Mucho poder. Poder sin contrapesos, sin prensa libre y sin rendición de cuentas. El tipo perfecto de poder para quienes entienden la política como obediencia.
Hoy, a sus 94 años, Valdés sigue siendo miembro del Buró Político y vice primer ministro. No es un fósil decorativo guardado en una vitrina. Sigue siendo parte del engranaje. Eso dice mucho del sistema cubano: en cualquier democracia funcional, alguien con semejante historial sería objeto de escrutinio; en Cuba recibe felicitaciones oficiales y homenajes.
Lo verdaderamente obsceno no es solo que Díaz-Canel lo felicite. Lo obsceno es el mensaje implícito: el régimen continúa reivindicando la represión como virtud revolucionaria. Premia la dureza, glorifica el control y convierte a sus viejos guardianes en símbolos patrióticos.
Ramiro Valdés cumple 94 años. Noventa y cuatro. Ha vivido lo suficiente para ver a millones de cubanos largarse de la isla, al país hundirse en una crisis perpetua y al relato revolucionario convertirse en ruina moral y material. Sin embargo, el poder sigue ahí, aferrado a sus apellidos históricos como quien abraza una reliquia oxidada.
Quizás por eso lo celebran tanto. Porque cuando el presente es un desastre, solo queda venerar el pasado, aunque ese pasado huela a miedo, expedientes y silencio.






