
La gran disyuntiva
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Hay momentos en la historia de una nación en que el lujo de la tibieza se convierte en el peor de los pecados. Y Cuba, señores, lleva sesenta y siete años metida hasta el cuello en ese pecado. Sesenta y siete años de un mismo apellido gobernándolo todo, como si la isla entera fuera el traspatio de la finca de Birán. Hoy nos enfrentamos a una disyuntiva que ningún cubano de verdad debería tomar a la ligera: ¿aceptamos una intervención armada de Estados Unidos que barra de una vez con la dictadura más longeva de Occidente, o nos aferramos a ese concepto mal entendido de «patria» que tanto daño nos ha hecho?
La primera opción es clara y la sostengo con la mano en el pecho: apoyo una intervención militar estadounidense que saque del camino a toda la familia Castro y los arroje del poder. No me tiembla la voz al decirlo. Porque una Cuba nueva, democrática, libre y próspera no va a nacer del diálogo con quienes han convertido el silencio en ley y el miedo en moneda corriente. Llevamos décadas esperando un cambio que nunca llega, mientras los mismos de siempre siguen repartiéndose el pastel. Si un gobierno extranjero decide respaldar a quienes soñamos con el fin del comunismo, bienvenido sea. Y que envíen sus fuerzas, sí. Que las envíen de una vez.
Los Castro no son la patria
La segunda opción es la del conformista, la del que confunde patriotismo con sumisión. Esa que dice «la patria no se lacera, no se golpea», como si la patria fuera este gobierno de hambre y cemento. Pero la patria, amigos míos, está por encima de todo. Muy por encima de sus gobernantes. Porque los gobernantes pasan, y cuando se van, a veces se llevan la dignidad de un pueblo entero por delante. Y éstos no se han ido. Se han quedado sesenta y siete años, los mismos que llevamos comiendo racionamiento, viendo partir a nuestros hijos y encarcelando al que piensa distinto.
No me vengan con que la intervención foránea es una traición. ¿Traición a qué? ¿A la miseria bien organizada? ¿A las colas interminables delante de un mercado vacío? ¿A los cientos de miles de jóvenes que han tenido que besar el suelo de otro país porque aquí no tenían futuro? Eso sí que es una traición: la de un sistema que obligó a exiliarse a familias enteras, que separó a madres de hijos, que convirtió el mar en una fosa de esperanzas rotas. Y todavía hay quien dice que eso no se arregla con tanques, sino con «diálogo». Noventa y nueve años de diálogo llevamos. Y contando.
Ya elegí
Yo conozco la diáspora. He hablado con los que se fueron en balsas, en aeropuertos, en maletas de cartón. He escuchado el odio que muchos todavía guardan, y también el cansancio. Pero hay un sentimiento que los une a todos, desde el que vive en Miami hasta el que sigue aguantando acá, en La Habana: el asco a los Castro. Un asco que ninguna declaración oficial va a disimular. Porque ellos no son la patria. Ellos son el obstáculo. Y si hace falta que un gobierno extranjero decida respaldar a los que siempre soñamos con el fin de esto, que lo hagan. Ya mismo.
Por eso, que quede claro al final de estas líneas: mi opción es la primera. Una y mil veces la primera. No me importa cómo lo llamen. Intervención, liberación, o incluso la palabra que tanto asusta a los que todavía creen que este régimen tiene remedio desde dentro. Yo quiero una Cuba sin Castro, sin miedo y sin exilio. Y si para eso hay que pedir ayuda de a fuera, que venga. ¡Que venga con todo! Que al fin y al cabo, los mismos que hoy se rasgan las vestiduras por la «soberanía» no han dicho ni mu sobre la soberanía que nos robaron a bocados durante casi siete décadas. Allá ellos. Nosotros, los otros, ya elegimos.






