
La promesa pendiente de la República
Por Carlos Alberto Ssa ()
Miami.- Cinco años de prisión. Ese es un hecho. Después de cinco años, la libertad llega con una condición implícita: abandonar el país. Ese también es un hecho. Todo lo demás, las simpatías, los rechazos, las diferencias ideológicas o los juicios personales sobre Luis Manuel Otero Alcántara, pertenece al terreno de la opinión.
Se puede estar de acuerdo o no con su obra, con sus métodos de protesta o con sus declaraciones. Se le puede criticar con argumentos. Pero ninguna discrepancia debería llevarnos a considerar normal que un ciudadano pase años en prisión por motivos políticos y que, al salir, el horizonte que se le ofrezca sea el destierro. Cuando el exilio deja de ser una elección y se convierte en la única salida posible, la nación pierde mucho más que a una persona: pierde una parte de sí misma.
En medio de todo este debate, llama la atención cómo las críticas, tanto desde esta orilla como desde la propia Cuba, muchas veces terminan desviando la mirada de lo esencial. Se discute si llegó con más peso, si su apariencia cambió o si sus decisiones personales merecen cuestionamientos. Esos elementos pueden alimentar opiniones, pero no pueden convertirse en el centro de la discusión.
La verdadera esencia del caso es otra: un hombre que pasó cinco años privado de libertad y que, al recuperar la calle, no encontró la posibilidad de regresar a una vida normal en su país, sino la obligación de marcharse. El punto fundamental no es su imagen, sus pertenencias o las percepciones que cada cual tenga sobre él; el punto es que un cubano no pueda ejercer su derecho a vivir en su propia tierra después de cumplir una condena.
Cuba, el disenso, al diversidad…
Cuba ha visto partir a miles de hijos por razones económicas, familiares o políticas. Cada salida forzada es una herida para el país. Un intelectual, un artista, un periodista o un ciudadano común que siente que no puede vivir en su propia tierra sin pagar un precio insoportable representa un fracaso colectivo, no una victoria de nadie.
José Martí soñó una República «con todos y para el bien de todos». Esa frase no era un recurso literario, sino un proyecto ético de nación. Una República donde la diversidad de pensamiento no fuera castigada, donde el disenso no se resolviera con cárceles o destierros, y donde el amor a Cuba no dependiera de la obediencia a un poder.
La verdadera fortaleza política de una nación no se mide por su capacidad para expulsar a quienes piensan diferente, sino por su capacidad para convivir con ellos. Un país que convierte el destierro en respuesta al desacuerdo termina empobreciéndose moral, intelectual y humanamente.
Más allá de Luis Manuel Otero Alcántara, la pregunta que deberíamos hacernos es mucho más profunda: ¿qué República se ha construido cuando un cubano solo puede elegir entre el silencio, la prisión o el exilio? ¿Qué queda del sueño martiano de una patria donde todos tengan un espacio y donde el bien común esté por encima de las divisiones? Mientras esa pregunta siga sin una respuesta digna, la República que Martí soñó seguirá siendo una promesa pendiente.






