De tablillas y corsés: la épica (y dolorosa) historia de presumir

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hubo un tiempo —bueno, toda la historia de la humanidad— en que el postureo no se resolvía con un filtro de Instagram ni con tres pinchazos de ácido hialurónico. No. Nuestros antepasados preferían la vía dura: la carpintería, el martillazo y la deformación ósea irreversible. Porque si hoy te quejas del tacón de aguja, siéntate, que esto es un viaje al infierno de la estética.

Los mayas, por ejemplo, tenían claro que una cabeza redonda era de campesino. Para ser alguien en la corte, el cráneo había que alargarlo como un melón. ¿El método? Tablillas de madera apretadas contra la cabeza del recién nacido, que con los huesos blanditos se moldeaba a gusto del carpintero de turno. El resultado: un aristócrata con pinta de extraterrestre y una frente kilométrica. La masa cerebral se adaptaba, dicen, pero la foto para el currículum, ya me contarás.

En China, la cosa fue a los pies. El famoso «loto dorado»: doblar los dedos de las niñas hacia la planta hasta romperles los huesos, vendar y esperar a que consolidaran en un puño anatómico. El resultado: mujeres que apenas podían dar tres pasos sin tambalearse. Y eso era precisamente lo que se buscaba: una esposa tan inútil para andar que demostraba que el marido era tan rico que no necesitaba que su mujer caminara. La invalidez como lujo. Brutal, pero efectivo.

En Myanmar, las mujeres jirafa no se estiran el cuello, que conste. Lo que hacen es hundirse las clavículas y las costillas con kilos de latón hasta aplastarse la caja torácica. Y en la Inglaterra victoriana, las damas se apretaban el corsé con varillas de hierro hasta tener la cintura de avispa, a costa de pulmones reducidos a la mitad y órganos internos recolocados a presión. Que los desmayos no eran de romanticismo, sino de asfixia pura y dura.

Y termino en Etiopía, con las mujeres Mursi y sus platos labiales. Un corte en el labio inferior, extracción de incisivos y a estirar con discos de arcilla hasta alcanzar el tamaño de un plato de postre. A más plato, más vacas pagaba el novio. Así que ya sabes: la próxima vez que te aprieten unos zapatos nuevos o te rosque un pantalón, respira hondo. Al menos no te han puesto dos maderas en la cabeza, ni te han recolocado el hígado a presión. Porque presumir, desde siempre, ha sido cosa de valientes… o de masoquistas.

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