
El futuro que Julio Verne quiso esconder
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Más de un siglo doblado dentro de una caja fuerte, y la propia familia de Julio Verne creyendo que allí ya no quedaba ni un secreto. Hasta que en 1989, Jean Verne, bisnieto del escritor, se puso a rebuscar entre bonos rusos, cartas y papeles viejos del cofre de su abuelo Michel. Y allí, atadas con una cuerda, aparecieron varias hojas grandes dobladas por la mitad. En la primera, un título que nadie esperaba: París en el siglo XX. Jean reconoció la letra de su bisabuelo al instante. Pero dudó. Tanto manuscrito vendido, tanto papel entregado a colecciones… ¿y este? Este no lo había visto nadie.
Llamó a Piero Gondolo della Riva, el mayor especialista en Verne sobre la faz de la Tierra. Y el investigador, que sabía que existía una novela futurista que Hetzel, el editor, había rechazado en 1863, se quedó de piedra: el manuscrito se daba por perdido hacía décadas. Pues no, señor. Jean acababa de encontrarlo. Y lo que contenía no era un viaje a la Luna ni una vuelta al mundo, sino un puñetazo en la mesa del progreso.
Verne lo había escrito al principio de su carrera, cuando Cinco semanas en globo ya le había dado fama. Pero esta vez no había héroes atravesando continentes ni exploradores perdidos en la nieve. No. Su nueva obra presentaba un París de 1960 brillante por fuera y desolador por dentro. Un futuro donde las ciencias aplicadas, la ingeniería y las finanzas lo dominaban todo, y la literatura, la poesía latina y cualquier cosa que no generara beneficios era considerada una pérdida de tiempo. El protagonista, Michel Dufrénoy, recibía un premio por sus versos y en lugar de admiración provocaba vergüenza. Su familia lo obligaba a entrar en un banco porque, oye, ser poeta en aquella ciudad era casi una condena a la irrelevancia.
El Verne visionario de la sociedad
Y lo más alucinante es que Verne describió un montón de cosas que hoy nos parecen normales: trenes elevados, coches de gas, iluminación eléctrica, ascensores, máquinas de cálculo… hasta una red telegráfica que transmitía textos e imágenes, algo así como el fax de la época. Pero ojo, que no era un profeta de la tecnología.
Lo que realmente acertó fue la dirección de la sociedad: una ciudad donde la eficiencia se había vuelto una religión, las corporaciones dominaban la vida pública y la felicidad humana no entraba en los planes de estudio. El progreso mejoraba las máquinas, pero no garantizaba que la gente fuera más feliz. Y eso, amigos, era un problema.
Hetzel, el editor, leyó aquello y dijo: «Demasiado sombrío, el público no se lo cree». Y lo mandó al cajón. Verne lo guardó, nunca lo corrigió, y se fue a escribir Viaje al centro de la Tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino y La vuelta al mundo en ochenta días. Se convirtió en el profeta del progreso, en el hombre que soñaba con máquinas y aventuras.
Pero París en el siglo XX no se publicó hasta 1994, 131 años después de ser escrita. Y entonces el mundo descubrió que Verne no solo veía el futuro de las máquinas, sino también la amenaza: una sociedad capaz de construir maravillas y, al mismo tiempo, dejar a un joven sin lugar porque todavía quería escribir poesía. Eso, señores, no lo inventó ningún ascensor ni ningún coche de gas. Eso es pura y dura realidad.






