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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- La madrugada no trajo el alba. Trajo oscuridad. El Sistema Electroenergético Nacional (SEN) volvió a colapsar, esta vez por completo, y el país entero amaneció a oscuras, como si el sol se hubiera declarado en huelga. Es el sexto apagón generalizado que sufre Cuba en lo que va de 2026. Y los anteriores no habían sido tan graves, según reconocen hasta las propias autoridades. Cuando ni siquiera el gobierno puede disimular que esto va a peor, estamos ante algo más que una avería: estamos ante la foto fija de un país que se desmorona.

Y mientras la isla entera se sume en la penumbra, el occidente ha sufrido su propio apagón parcial este fin de semana. El sábado primero de agosto, una desconexión de las líneas de 220 kV Matanzas-Santa Clara y Matanzas-Cienfuegos dejó sin servicio a toda la región occidental, desde Pinar del Río hasta Matanzas. No fue el apagón nacional, pero fue el aviso de que el sistema ya no aguanta ni un tirón más.

Las termoeléctricas, esas viejas glorias de la era soviética que el gobierno nunca supo mantener, se caen como fichas de dominó: la Antonio Guiteras, en Matanzas, ha estado fuera de servicio más de quince veces desde enero; las unidades de la Máximo Gómez, la Ernesto Guevara, la Lidio Ramón Pérez, todas en avería o en mantenimiento perpetuo. Y los 54 parques solares fotovoltaicos que el gobierno inauguraba como si fueran paladares no logran siquiera arañar la demanda. El déficit previsto para el horario pico alcanza los 2.195 MW. La brecha entre lo que se necesita y lo que se produce es un abismo.

El mismo discurso de siempre

Pero la crisis energética cubana no nació ayer ni anteayer. Viene de mucho antes, de décadas de desidia, de inversiones en hoteles y discursos, no en mantener la red eléctrica. El sistema termoeléctrico no se ha actualizado, no se ha renovado, ni siquiera se le ha hecho un mantenimiento adecuado. Y ahora, al deterioro acumulado, se suma la escasez de combustible, agravada por el bloqueo petrolero impuesto por Washington desde enero.

El ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, ha reconocido que el país se ha quedado sin petróleo. Sin petróleo. En un país que depende casi exclusivamente de sus termoeléctricas para generar electricidad. Es como si el capitán de un barco anunciara que se le ha acabado el viento y la gasolina en medio del océano. Y entonces, claro, culpa al bloqueo. Porque el bloqueo, esa excusa eterna, nunca falla. Pero el bloqueo no envejeció las termoeléctricas. El bloqueo no dejó de darles mantenimiento. El bloqueo no convirtió el sistema eléctrico en un cascarón oxidado. Esa es una obra del socialismo cubano, en su versión más incompetente.

Y mientras el gobierno sigue echándole la culpa al imperio, los cubanos se las ingenian para sobrevivir en la penumbra. Pero la penumbra es solo uno de los males. Porque no hay luz, pero tampoco hay comida. La desnutrición infantil se ha disparado, las colas para un pan que no llega son el paisaje cotidiano. No hay agua, porque las bombas no funcionan sin electricidad, y el líquido escasea en los grifos. No hay medicinas, porque la cadena de frío se rompe cuando los refrigeradores se apagan. No hay transporte, porque los ómnibus no arrancan sin combustible, y el que encuentra gasolina la paga a precio de oro. No hay internet, porque los routers necesitan corriente, y la conectividad es un espejismo. No hay un gobierno capaz de resolver estos problemas sin recurrir al mismo discurso de siempre. El mismo de los últimos 67 años.

¿Cuántos apagones más…?

El régimen insiste en que el bloqueo es la causa de todo. Y el bloqueo existe, es real… Pero un gobierno que lleva seis décadas en el poder no puede seguir escondiéndose detrás de la misma excusa. El embargo no explica por qué las termoeléctricas están podridas. No explica por qué los apagones se han multiplicado hasta ser una pesadilla cotidiana. No explica por qué el país entero se ha convertido en un museo de la desidia. Y tampoco es la causa, es el disfraz. La causa es la incompetencia, la corrupción, la obsesión por mantener el control a costa del bienestar de la gente. Y cada apagón es una prueba más de que el sistema no funciona.

Los cubanos llevan décadas aguantando. Décadas de apagones, de hambre, de falta de agua, de medicinas, de transporte, de todo. Décadas de un gobierno que promete y no cumple, que inaugura parques solares mientras las termoeléctricas se desmoronan, que habla de transformaciones mientras la vida se vuelve cada día más dura.

El sexto apagón generalizado de 2026 no es una excepción. Es la regla. Es el reflejo de un sistema que ya no puede sostener ni la luz de una bombilla. Y la pregunta, esa que nadie se atreve a hacer en voz alta, es: ¿cuántos apagones más tendrán que soportar antes de que alguien, desde el poder, decida que es hora de abandonar el puesto y dejar que Cuba escoja su destino?

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