La noche que Atenas perdió la cabeza (y los falos) por una conjura de martillo

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Atenas, primavera del 415 antes de Cristo. Amanece y la ciudad despierta con una sorpresa que no está en los manuales de urbanismo. Alguien, durante la noche, ha recorrido las calles con un martillo en la mano y ha arrancado los falos de piedra de los hermas, esas estatuas cuadrangulares del dios Hermes que vigilaban puertas, cruces de caminos y hasta la moral de los ciudadanos.

Las plazas amanecen sembradas de miembros de mármol mutilados, como si un gigante hubiera decidido hacer una broma de mal gusto. Pero en Atenas, las bromas con los dioses se pagan caras.

Para que se hagan una idea de la que se lió, hay que entender qué era un herma. No era una estatua decorativa. Era un pilar con la cabeza del dios Hermes arriba y un falo en erección a media altura. Los ponían delante de las casas y en los cruces para proteger, para señalar caminos y para marcar límites.

En el Ágora, alineados en los pórticos, eran símbolos religiosos y conmemorativos. Así que mutilar un herma no era hacer gamberrismo. Era atentar contra el orden del mundo. Era como si alguien se meara en la pila bendita de una catedral mientras el cura está dando la homilía.

Una conjura contra la democracia

La reacción fue instantánea y desproporcionada, como suele pasar cuando el miedo se disfraza de indignación religiosa. Tucídides, el historiador que vivió aquello y que no era dado a las exageraciones, lo dejó escrito con su sequedad habitual: «la mutilación de los hermas daba la impresión de estar relacionada con una conjura para derrocar la democracia».

Es decir, no fue una juerga de borrachos, sino el prólogo de un golpe de Estado. Así que Atenas se lanzó a una caza de brujas de manual. Se abrieron procesos, se aceptaron acusaciones de denunciantes de dudosa reputación, se encarceló a ciudadanos respetables. Y los autores, los que empuñaron el martillo, recibieron un nombre que ha sobrevivido dos milenios y medio: los hermocópidas. Suena a enfermedad venérea, pero era mucho más grave: eran los castradores de dioses.

La víctima política más ilustre de todo este lío fue Alcibíades, el hombre del momento. Joven, brillante, ambicioso y recién salido de convencer a la Asamblea de lanzar una expedición contra Siracusa, en Sicilia, que prometía gloria y acabaría siendo el mayor desastre militar de Atenas. Sus enemigos, que llevaban tiempo buscando cómo frenarlo, vieron en la mutilación de los hermas la ocasión perfecta.

El miedo colectivo

Vincularlo al sacrilegio bastó para activar el miedo colectivo: ¿cómo confiar una empresa tan importante a alguien que había ofendido a los dioses? Alcibíades pidió ser juzgado antes de zarpar. Sus adversarios prefirieron esperar a que estuviera en alta mar.

Cuando ya iba camino de Sicilia, enviaron un barco para traerlo de vuelta. Alcibíades, que no era tonto, desertó a Esparta. Atenas lo condenó a muerte en rebeldía y le confiscó sus bienes. La expedición, sin él, terminó con la flota destruida y decenas de miles de hombres muertos o esclavizados.

¿Quién mutiló los hermas? No se sabe. Ni los historiadores antiguos ni los modernos han podido resolver el misterio. Pudo ser una conspiración oligárquica para sabotear la expedición. Pudo ser una juerga de borrachos con demasiado vino y pocas luces. O algo intermedio, tan calculado y tan bien ejecutado que nunca se pudo demostrar.

Lo que sí sabemos es lo que vino después. Atenas perdió Sicilia. Perdió la guerra contra Esparta. Y nunca volvió a ser la ciudad que había amanecido la víspera de esa noche de martillos y falos rotos. Porque a veces, la historia se desvía por un golpe de mala suerte. O por un golpe de martillo mal dado.

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