Hatshepsut: la faraona que construyó un templo imposible (y el Olvido no pudo con él)

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En los acantilados de Deir el-Bahari se levanta una estructura de terrazas perfectas que parece diseñada por un arquitecto moderno de vanguardia con ganas de darle un susto a la eternidad. El templo de Hatshepsut, construido hacia el año 1478 antes de Cristo, no es una pirámide ni un monolito al uso: es una declaración de principios esculpida en piedra caliza.

Lo mandó levantar una mujer que tuvo el detalle de gobernar Egipto como un faraón masculino, con barba postiza y todo, desafiando las tradiciones de una época que no concebía a una reina sentada en el trono de Horus. Y para que no quedara duda de su poder, alineó su santuario con precisión milimétrica con el templo de Karnak, al otro lado del Nilo. Porque una cosa es reinar, y otra muy distinta es recordarle al universo entero que tú reinas.

La construcción es una maravilla que corta el aliento. Pórticos con columnas, rampas monumentales que suben hacia el cielo como si quisieran pedirle explicaciones a Ra, y una integración con la montaña sagrada tan orgánica que parece que el templo no se construyó, sino que brotó de la roca por voluntad propia.

Hatshepsut no escatimó en detalles: decoró los muros con relieves que narraban su expedición a la misteriosa tierra de Punt, un lugar que hoy situaríamos por el Cuerno de África y que debía de ser poco menos que el Dorado para los egipcios.

De allí se trajo árboles de mirra, incienso, animales exóticos y una colección de maravillas que plantó en los jardines del propio templo. Aquel relieve constituye el primer registro documentado de comercio internacional y botánica en la historia humana. Vamos, que la faraona no solo guerreaba y gobernaba: también hacía de exploradora, empresaria y paisajista.

NI el odio de Tutmosis III pudo borrarlo

Pero toda historia egipcia que se precie tiene su dosis de intriga palaciega, y la de Hatshepsut no iba a ser menos. A su muerte, su sucesor —el bueno de Tutmosis III, que era hijastro, sobrino y vaya usted a saber cuántas cosas más— emprendió una campaña de borrado sistemático que merece un capítulo aparte en los anales del resentimiento.

Destruyó sus estatuas, raspó sus cartuchos reales de las paredes y ordenó que su nombre desapareciera de la lista oficial de faraones. Era el damnatio memoriae egipcio, la condena al olvido eterno, el «aquí no ha pasado nada» más salvaje de la Antigüedad.

Pero el que se pica, pierde. Y Tutmosis III se picó tanto que no calculó bien sus fuerzas. Porque el templo de Hatshepsut era demasiado grande, demasiado bello y demasiado terco para dejarse borrar por un puñado de cinceles rencorosos. Las paredes seguían en pie, las terrazas seguían mirando al Nilo y los relieves, aunque dañados, seguían contando la historia de aquella reina que se atrevió a ser faraón. El viento, el tiempo y los milenios hicieron el resto: el odio de un sucesor no puede competir con la admiración que una obra maestra despierta siglo tras siglo.

Hoy, el templo de Deir el-Bahari sigue allí, incrustado en los acantilados como un eco dorado de aquella mujer que gobernó Egipto con mano firme, visión comercial y un gusto arquitectónico impecable. Sobrevivió a la venganza de un faraón y a la indiferencia de otros tantos. Porque hay legados que ni el mármol puede contener ni el odio puede destruir. Hatshepsut construyó para la eternidad, y la eternidad, por una vez, se puso de su parte.

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