Incitatus: el caballo que estuvo a punto de ser cónsul (y los senadores que nunca lo entendieron)

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Como casi todo el mundo sabe —y si no, ahora lo van a saber—, Calígula, el emperador romano más famoso por estar presuntamente chiflado, quiso nombrar cónsul a su caballo Incitatus. La gente se ríe, se echa las manos a la cabeza y repite aquello de «están locos estos romanos». Y ahí muere el asunto. El problema es que esa lectura tradicional se salta lo más interesante: que Calígula no estaba siendo un lunático, sino un cabrón con mucho estilo.

La leyenda de Incitatus proviene fundamentalmente de Suetonio, que escribió sus Vidas de los doce césares hacia el año 121, y de la Historia romana de Dión Casio, redactada ya en el siglo III. Según las fuentes clásicas, el animal disponía de mantos de púrpura, joyería de piedras preciosas, una villa con sirvientes dedicados exclusivamente a su cuidado y unas caballerizas de mármol con pesebres de marfil.

Vamos, que el caballo vivía mejor que el noventa y nueve por ciento de los ciudadanos del Imperio. Hasta ahí, la biografía de un equino con más lujos que un jeque árabe. Pero lo del consulado, que es lo que verdaderamente nos ocupa, tiene una letra pequeña que casi nadie lee.

Una burla al senado

El propio Suetonio apuntó textualmente que «se decía» o «se rumoreaba» que el emperador tenía pensado hacerlo; no que lo ejecutara de manera categórica. Calígula anunció o sugirió la intención como una provocación deliberada. No llegó a nombrarlo cónsul. Para entender la gracia hay que entender a quiénes iba dirigido el mensaje. El Senado romano del siglo I llevaba décadas teniendo un papel simbólico, y Calígula, harto de aquellos estómagos agradecidos que no servían para nada, decidió dejarles meridianamente claro que eran prescindibles.

La amenaza de elevar a Incitatus no es una muestra de demencia, sino una tesis doctoral satírica sobre la inutilidad del Senado. ¿Qué diferencia real había entre un senador y un caballo bien alimentado? Ninguna, salvo que el caballo al menos ganaba carreras en el hipódromo y no traicionaba a sus amigos en el foro. Aseguran las malas lenguas de la época que Calígula llegó a espetarles: «¿Por qué mi caballo, que es más inteligente y noble que todos vosotros, no puede ocupar vuestro asiento?». La frase bien puede ser apócrifa, como tantos otros cotilleos de la tradición senatorial, pero capta a la perfección la lógica del ultraje. No era locura; era una pregunta retórica demoledora convertida en escándalo institucional.

La ironía final es que la provocación funcionó demasiado bien. Las fuentes sugieren que el pánico a perder el puesto —o la vida— y la acumulación de humillaciones públicas forjaron un Senado activo y, sobre todo, vengativo. Hasta el punto de acelerar una conspiración que involucró a miembros de la cámara, de la orden ecuestre y de la propia Guardia Pretoriana. El 24 de enero del año 41, el tribuno Casio Querea y sus hombres acorralaron y apuñalaron a Calígula en los pasillos del palacio. Murió a los veintiocho años, cosido a puñaladas por sus propios protectores. Incitatus, en cambio, sobrevivió a su dueño y volvió a la normalidad de los establos. Era un caballo. Y a diferencia de los senadores de Roma, él no necesitaba fingir lo que no era.

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