
El marqués, el riñón yanki y el cerebro de repuesto
Por Jorge Sotero ()
Madrid.- La muerte de Franco en el otoño de 1975 no fue solo una cuestión clínica, sino una función de teatro negro por la supervivencia del régimen. Mientras España contenía el aliento, la lógica médica se rindió ante el delirio político, dejando episodios que oscilan entre la lealtad patológica y la ciencia ficción cañí.
El más flipante lo protagonizó un joven falangista, Bernardo Martínez de Quirós, que remitió un telegrama oficial ofreciendo su propio cuerpo para un trasplante de cerebro. Sí, ha leído bien. Argumentaba que su envoltorio, joven y vigoroso, era el receptáculo ideal para la «brillante» mente del dictador. Pretendía convertir a Franco en un ciborg ideológico.
Por los mentideros de Madrid circuló entonces una ironía deliciosa: que el maltrecho organismo del Caudillo dependía de un riñón artificial fabricado en la Unión Soviética. La realidad era menos poética porque la máquina que depuraba su sangre era una Travenol de impecable factura estadounidense, nada que ver con el Volga.
Pero el chascarrillo del «riñón soviético» caló hondo. Resultaba un escándalo perfecto imaginar al «Centinela de Occidente», el martillo de comunistas, sobreviviendo gracias a la ingeniería de Moscú. El régimen estaba tan desesperado que habría aceptado sangre del mismísimo Stalin con tal de ganar cinco minutos de prórroga.
¡Qué duro es esto!
El verdadero horror, sin embargo, no venía de fuera, sino de la propia familia. La dirección médica recayó en su yerno, Cristóbal Martínez-Bordiú, a quien los cirujanos profesionales de La Paz llamaban despectivamente el «Marqués de las Termas». Él y su círculo, apodados con sorna la «Camada del Berberecho», fueron los arquitectos de una prolongación artificial de la vida del dictador. Convirtieron al paciente en un objeto de experimentación por puro empeño político y ambición familiar. El detalle técnico del horror fue dantesco: un quirófano improvisado sobre mesas que no conocían la asepsia, iluminado por focos de fotografía.
Allí sometieron a Franco a una auténtica carnicería innecesaria. Le bombearon decenas de litros de sangre en un esfuerzo inútil por frenar hemorragias gástricas masivas. Como bien relata el doctor Vicente Pozuelo, el protocolo médico fue sustituido por la supervivencia del búnker político. Franco, convertido en un campo de batalla de tubos y sondas, llegó a balbucir un agónico: «¡Qué duro es esto!». Quizá se dio cuenta de que sus fieles no estaban salvando al hombre, sino intentando embalsamar el tiempo antes de que se les escapara el poder entre los dedos.
Así acabó todo: con un yerno manejando las sondas, un falangista ofreciendo su cerebro como tarro de cristal y un rumor sobre un riñón soviético que nunca existió. Franco quiso ser inmortal y le tocó morirse 476 días seguidos, enchufado a máquinas yankis mientras los suyos miraban el reloj. El régimen no murió de un infarto: murió de vergüenza ajena, goteando sangre por el boquete que ellos mismos abrieron a martillazos.






