El inglés que quiso exprimir a sus pobres y acabó convertido en verbo

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay venganzas que son poesía. Y esta es de las buenas. Conseguir que tu apellido signifique para siempre lo que todo el mundo considera un castigo no está al alcance de cualquiera. Pero Charles Cunningham Boycott lo logró. Y ojo, que el hombre no era ni revolucionario, ni dictador sanguinario. Era algo peor: un administrador de fincas irlandés con la sensibilidad de una losa de granito.

Estamos en 1880, en el condado de Mayo, al oeste de Irlanda. La tierra es de unos pocos, los campesinos sobreviven como pueden, y la cosecha ha sido un desastre. Los pobres arrendatarios solo piden bajar un poco el alquiler para no morirse de hambre. Pero Boycott, antiguo capitán del ejército británico, responde con mano dura: ni un céntimo de rebaja, y a la calle quien no pague. El típico gesto de quien cree que la autoridad lo puede todo.

Entonces aparece la Irish National Land League, el sindicato agrario liderado por Charles Stewart Parnell, un tipo listo donde los haya. Y plantea una idea genial: ni un solo golpe, ni una pedrada. Nada de eso. Simplemente, que Boycott deje de existir para el resto del mundo. Que nadie le hable, que nadie le venda comida, que nadie le repare las herramientas, que el cartero no le traiga cartas y que hasta el cura le dé la espalda en misa. Legal, sencillo y demoledor.

El resultado fue tan bestia que el gobierno británico tuvo que enviar mil soldados y policías para que Boycott pudiera recoger sus patatas. Las patatas valían 350 libras. La operación militar costó 10.000. Y el hombre acabó huyendo de la zona en un carruaje blindado. Pero lo mejor estaba por llegar: los periodistas necesitaban una palabra para describir aquella nueva forma de asfixia social, y al párroco del pueblo se le ocurrió una solución brillante.

«¿Por qué no usamos su apellido?», dijo el padre O’Malley. Y así lo hizo el periodista americano James Redpath. Y así lo publicó The Times de Londres. Y así, antes de que acabara 1880, el apellido Boycott se convirtió en un verbo universal. Desde entonces, cada vez que alguien dice «boicot», está honrando sin saberlo a un tipo que quiso exprimir a los suyos y acabó siendo sinónimo de castigo. Qué bonita es la justicia poética.

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