
Monte Athos: donde Dios es hombre, los gatos son necesarios y el catalán no pisa
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Europa se cree el cuento de que todo ha sido un progreso continuo: que salimos de las cavernas, matamos a los reyes, inventamos los derechos humanos y ahora vivimos en una modernidad estupenda. Pues mire, no. Porque en el norte de Grecia hay un sitio llamado Monte Athos que funciona como una república monástica autónoma desde hace más de mil años.
Y allí, hasta hace bien poco, tenían prohibida la entrada a las mujeres, a las hembras de los animales y, atención al dato, a los catalanes. Esto no es un chiste. Es real. Y la Unión Europea, esa que tanto regula, miró para otro lado porque meterse con monjes barbudos y documentos del siglo XI no sale en las fotos de las cumbres.
La norma estrella es el «Avaton», vigente desde 1046. ¿Qué dice? Muy sencillo: nada de mujeres. Ni turistas, ni científicas, ni jefas de Estado. La única hembra con derecho a entrar es la Virgen María; el resto, fuera. Y la cosa no acabó ahí: también prohibieron las hembras de animales. Vacas, yeguas, cabras… todas vetadas. Pero claro, llegaron los ratones y tuvieron que hacer una excepción con los gatos. Y como el hambre es mala consejera, también permitieron gallinas. El ascetismo es muy bonito, pero el desayuno es sagrado. Hasta aquí, todo parece un anacronismo pintoresco. Pero viene lo bueno.
La ‘venganza catalana’ y las secuelas
Resulta que en 1305, el emperador bizantino Andrónico II contrató a la Gran Compañía Catalana, unos almogávares que daban pánico solo con mirarlos, para que le solucionaran el problema de los turcos. Y vaya si lo hicieron. Tanto que en Constantinopla empezaron a tenerles más miedo a ellos que a los enemigos. Así que el hijo del emperador, Miguel IX, que debía ser un genio de la estrategia, invitó a Roger de Flor y a sus capitanes a un banquete… y los masacró. Error. Porque los supervivientes, lejos de huir, decidieron que el Imperio Bizantino iba a pagar cada gota de sangre con intereses de usura.
Y pagaron. La llamada «Venganza catalana» fue una operación de castigo brutal. Destrozaron ejércitos, quemaron regiones enteras y pusieron sus ojos codiciosos en el Monte Athos. Porque aquellos monasterios no eran solo santidad, eran huchas andantes: oro, reliquias, comida. Los monjes rezaban mucho pero peleaban poco. Así que los almogávares entraron, saquearon, quemaron bibliotecas para calentarse y pasaron a cuchillo a los religiosos sin ningún miramiento. Luego, por si faltaba algo, se quedaron a vivir allí y conquistaron los ducados de Atenas y Neopatras. Vamos, lo que se dice unos señores.
El perdón, pero con factura
La respuesta del Monte Athos fue tan religiosa como implacable: excomunión, anatema y prohibición expresa de entrada a los catalanes. No a aquellos mercenarios concretos, sino a todo el que llevara ese gentilicio, aunque hubieran pasado generaciones y el pobre visitante no tuviera más culpa que su apellido.
La prohibición duró siglos, hasta finales del XX y principios del XXI. ¿Y cómo se levantó? Pues la Generalitat pagó la restauración de uno de los tesoros artísticos que habían saqueado sus antepasados.
El perdón llegó con factura. Eso sí que es guardar rencor. Hoy las mujeres siguen sin poder entrar, los animales hembras casi tampoco, y los catalanes… bueno, ya pasan, pero con la etiqueta de «históricamente non gratos».
Y mientras tanto, Europa sigue contándose su cuento de progreso. Pero el mapa, amigo, es traicionero.






