
Sandro Castro, Spiderman y el doble sentido del miedo
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Mientras Cuba contiene la respiración por Javier —ese muchacho al que llaman Spiderman y que ahora cuelga de un hilo en Villa Marista—, Sandro Castro publicó una historia en redes sociales. Y cuidado, que no es cualquier historia. Porque cuando un Castro habla, aunque sea por redes sociales, cada palabra tiene el peso de una dinastía que ha aprendido a decir sin decir, a amenazar sin amenazar, a justificar sin justificar. Sandro, que es nieto del dictador, pero también es un hombre que vive en este país absurdo donde unos pueden todo y otros nada, decidió pronunciarse. O más bien, decidió hacer el amago de pronunciarse.
Dijo que Javier fue «bueno, sano y respetuoso» mientras trabajó en sus bares. Eso suena bonito, casi humano. Pero enseguida llegó el pero: «Son momentos difíciles», dijo, y «tal vez el joven se expresó un poco alocado». Ahí está la trampa, el doble sentido que los Castro manejan como un arte. Porque no está diciendo «lo golpearon», no está diciendo «lo desaparecieron», ni mucho menos «exijo su libertad». Lo que hace es dejar flotando la idea de que quizá, solo quizá, el muchacho se lo buscó. Y en este país, esa frase dicha por un Castro equivale a un salvoconducto para que los de verde sigan apretando las tuercas.
Pero ojo, que lo más turbio viene al final. Sandro Castro, con esa sonrisa que nunca termina de ser sincera, le deseó a Javier «que no le pase nada malo». Y esa frase, en boca de un Castro, es como si yo le dijera a alguien «espero que no te caigas» mientras tengo una soga en la mano. Porque todo el mundo sabe, todo el mundo lleva años sabiendo, que en Villa Marista pasan cosas feas. Que la «evaluación clínica» es el eufemismo perfecto para la tortura. Que el MININT tiene sus propios métodos para que los muchachos «alocados» aprendan a no hablar. Sandro lo sabe, y sabe que lo sabemos. Por eso no lo dice claro. Porque no hace falta.
La costumbre de la complicidad
Algunos ingenuos en redes sociales aplaudieron sus palabras como si fueran un acto de valentía. Por favor. ¿Valentía? Valentía sería exigir la liberación inmediata de Javier. Valentía sería llamar a las cosas por su nombre: detención arbitraria, golpiza, desaparición forzada. Valentía sería decir «en Villa Marista se tortura». Pero Sandro no hizo eso. Hizo lo que siempre hacen los Castro: se puso del lado correcto del discurso sin mojarse, justificó indirectamente la represión, y nos recordó que en esta isla, incluso cuando los poderosos parecen solidarios, en realidad están cuidando su propio pellejo.
Y mientras tanto, Javier sigue encerrado. Spiderman, que no trepa paredes sino que trepa por la dignidad de protestar en un país donde protestar es delito, está pagando las consecuencias de haberse expresado en un «momento complicado».
El silencio de Sandro Castro ante la injusticia real —porque desear que no le pase nada malo no es denunciar, es hacer teatro— nos deja una lección amarga: los círculos privilegiados del poder no van a soltar la mano que los alimenta. Pueden poner caras de preocupación, pueden escribir párrafos bonitos en Instagram, pero a la hora de la verdad, son cómplices del espanto. Y eso, queridos, es más triste que cualquier golpiza. Porque al menos los golpes duelen y pasan. La complicidad con micrófono, en cambio, se vuelve costumbre.






