
Huir de la tormenta o atravesarla: Un problema cardinal
Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- En política, como en la vida, existen momentos donde el individuo debe decidir entre huir de la tormenta o atravesarla. Muchos optan por esconderse bajo el techo cómodo de la conveniencia, esperar que otros hablen primero, medir el viento de la opinión pública y, solo entonces, fijar postura. Ese comportamiento, aunque frecuente, revela una debilidad peligrosa: La renuncia silenciosa al pensamiento propio.
Mientras más tiempo se huye de una realidad incómoda, más larga y cruel se vuelve la tormenta. La historia humana está llena de ejemplos donde el miedo a enfrentar la verdad terminó fortaleciendo los errores, las mentiras y los abusos. Las sociedades que callan demasiado terminan pagando un precio terrible, porque la cobardía colectiva abre siempre las puertas al oportunismo y a la manipulación.
Por eso resulta imprescindible defender el valor de la reflexión crítica. Pensar antes de repetir consignas. Analizar antes de sumarse a un coro emocional. Preguntarse quién habla, qué intereses lo rodean y qué consecuencias pueden derivarse de determinadas decisiones políticas. La emoción sin razonamiento produce fanatismos; la reflexión produce ciudadanos.
La ingenuidad puede ser muy costosa
Muchas veces decir la verdad implica quedarse solo. Quien se atreve a ir contra la corriente pierde simpatías, seguidores e incluso amistades. Pero existe algo peor que perder aprobación: perder la dignidad intelectual. Doblegar el criterio personal para agradar a otros constituye una forma de traición a uno mismo. El pensamiento libre exige valentía, especialmente en tiempos donde la propaganda intenta sustituir a la razón. Y, estamos en esos tiempos .
Como historiador, entiendo que la verdad rara vez aparece desnuda ante los ojos de la multitud. Generalmente se encuentra escondida detrás de discursos brillantes, promesas seductoras y figuras carismáticas. Precisamente por eso el deber del investigador consiste en escudriñar, comparar, dudar y desmontar apariencias. La historia no puede escribirse desde la emoción momentánea, sino desde el análisis serio de los hechos.
La política contemporánea, sin embargo, se ha convertido muchas veces en un espectáculo donde predominan la improvisación, la prisa y el sentimentalismo. En ese escenario, la ingenuidad se transforma en un lujo demasiado costoso. Cerrar los ojos ante evidencias por comodidad o afinidad emocional puede conducir a pueblos enteros hacia el fracaso y la frustración.
El peligro de dejar de cuestionar
No se trata de perseguir ni hostigar a quienes piensan diferente. Tampoco de asumir posturas arrogantes o absolutas. La duda metódica, la exigencia de transparencia y la disposición al debate honesto son herramientas esenciales de una sociedad sana. Lo verdaderamente peligroso no es cuestionar, sino dejar de hacerlo.
Cuba necesita ciudadanos capaces de construir una patria desde la honestidad y no desde el culto a personalismos o consignas vacías. El protagonismo excesivo ha sido muchas veces una de nuestras desgracias históricas. En cambio, la virtud sincera —aunque humilde y silenciosa— puede convertirse en la semilla de una nación mejor.
Atravesar la tormenta nunca será cómodo, pero huir eternamente de ella termina destruyendo el carácter de los pueblos. Solo enfrentando la verdad, por dura que resulte, podremos aspirar algún día a una Cuba verdaderamente libre.
¡Por una Cuba libre!






