
Los riachuelos de basura y los sueños
Por René Fidel González ()
Santiago de Cuba.- Es preciso reconocernos. No conocemos el país, ni a su gente, ni a su talento.
No se trata solo de triunfar sobre villanos o traidores; se trata de reunir el talento, la sinceridad y el carácter que han sido dilapidados y despreciados por un sistema y una cultura de exclusión política en Cuba.
Se trata de crear las condiciones para que lo mejor de nosotros prevalezca.
Tenemos que reconocernos primero, antes de afirmar que somos diferentes o que queremos cosas distintas.
¿Qué sabemos del campesino precario de Viñales? ¿De la mujer, consumida y avejentada antes de tiempo, en un rincón olvidado de la Sierra Maestra?
¿De quienes viven en las llanuras ardientes de Holguín, bajo el calor brutal de Bayamo y Manzanillo, o en las costas de Maisí?
¿Qué sabemos de los niños que juegan entre riachuelos de basura, orín y detergente en los cinturones de pobreza que rodean nuestras ciudades?
¿Qué sabemos de los pescadores de Puerto Padre, Gibara o Nipe? ¿De los estibadores, de los emprendedores honestos de toda Cuba, de los obreros y técnicos que trabajan en las profundidades de calderas y túneles, soportando el calor mientras otros duermen? ¿De los pintores naif y los trovadores, los artesanos de las comunidades de Palma, de Campechuela o de lo profundo de la Ciénaga de Zapata? ¿Qué sabemos de su arte, de sus angustias y dolores?
¿Qué sabemos de tantos dirigentes brillantes, proactivos y honrados, y de sus familias relegadas, sacrificadas a la ausencia y al vacío? ¿De las luchas de científicos, jefes de taller, de los torneros y mecánicos, de los soldadores de overoles rotos y manchados de grasa y hollín?
¿Qué sabemos, en definitiva, del país que somos, de la diversidad de vidas y destinos que nos conforman, vistos desde nuestra ínsula más o menos privilegiada?
¿Hablas por Cuba en realidad cuando dices que lo haces… Cuando crees lo haces ?
Entender a Cuba y los sueños de la mayoría de los cubanos exige conocerlos, comprender cómo piensan y cómo viven. Hacer política es, ante todo, ese ejercicio de lucidez, no la prisa por encontrar enemigos ni por saldar cuentas.
Un país somos todos. Sus destinos, también.






