
El río arrastra el cadáver de mi enemigo
Por Renay Chinea ()
Barcelona.- Ha saltado la noticia y nadie dice nada. Una noticia tan conmovedora. Yo, por ejemplo, si voy a Madrid, a Sevilla, a República Dominicana… o donde vaya, jamás me verás en un hotel Meliá. Prefiero dormir en una cuneta.
Cuando llegué a La Habana a estudiar Periodismo, a muy pocas cuadras de la Residencia, Meliá comenzó a levantar un edificio. Los estudiantes íbamos justo al frente, a La Cocinita, a comer hamburguesas. Y vimos levantarse, piedra a piedra, aquella mole que fue el cuartel general de la cadena mallorquina en Cuba: el Meliá Cohiba, de la calle Paseo.
Soy muy poco rencoroso. Pero lo de Meliá en Cuba debe quedar en los libros de Historia. Era como levantar un hotel para blancos en medio de los bantustanes de Johannesburgo. Una suite de lujo para alemanes nazis, en el gueto de Varsovia.
Desde el fin de la esclavitud, no ha habido cosa más repugnante que aquella Cuba de mis 20 años. Uno duda si esperar que esos recuerdos se los lleve silenciosamente el alzhéimer o escribirlos en piedra para que nunca se olviden.
Y de pronto veo la noticia: Meliá se está yendo de Cuba y comienzo a ver un túnel al final de la oscuridad.
Esos truhanes se sumaron a la trata negrera del castrismo. Ayudaron a erigir una Cuba con apartheid turístico donde, si eras cubano, «no sé, yo no puedo entrar».
Meliá se sumó al convite con esa frialdad empresarial contraria a Schindler, que la hubiese hecho invertir gustosamente en los crematorios de Hitler: llenó a Cuba de hoteles y chiringuitos donde los cubanos solo podían ser el friegaplatos, el pelapapas o el negrito seguroso de la puerta, con silbato y walkie-talkie.
Era una fórmula aberrante: el turista, europeo; el gerente, español; la indiada, cubana. Y en los bajos, varias tiendas donde los cubanos, claro, podían entrar a gastarse los dólares del primo de Miami, solo si no había extranjeros disponibles.
A mí me detuvieron solo una vez. Quise entrar al banco financiero que estaba dentro, pues era el único lugar donde cambiaban billetes dañados, y el sujeto de la entrada parecía haber visto aparecer a Bin Laden.
Es importante anotar esto: cuando sube un tirano, los perros nacionales acudirán gustosos a morder a los de abajo y lamer la mano que les alcanza el hueso.
Detenido al sol, reparé en la palabra «Cohiba», escrita por todos lados. Es un viejo vocablo que recogió el padre Las Casas de cuando Colón envió a Luis de Torres (el judío converso Yusef ben Ha-Levi) y a Rodrigo de Jerez a hacer el primer bojeo a Cuba el día de los Fieles Difuntos de 1492.
Aún Colón no sabía si estaba en el Cipango o en la Cunchinchina… y, por si o por no, mandó al Judío y a Rodrigo el de Jerez, que hablaban hebreo y arameo y otras lenguas orientales, a ver qué ocurría por allí.
Los dos forajidos se adentran por un río y ven a unos indios liándose un puro, un macuto de hojas al que llamaban: Cohíba.
Y ahí seguía yo. Al sol tropical… dando explicaciones y esperando que al sabueso le acabaran de dar permiso, por el walkie-talkie. El tipo me miraba con un desprecio tremendo. Con lo fácil que es darle los buenos días a un sueco… y se aparece un cubano con la resingueta de un billete roto… ñópinga, asere…
—Broder, te voy a hacer un cuento —le digo—. Para matar el rato. Uno de Álvarez Guedes.
Y el hombre, con cara de chivo, me dice:
—Dale, a ver.
Este era un tipo que está con la novia en un cine, y cuando estaban apartados en un rincón, empieza:
—Ay, mami, dame un besito.
Y la tipa le da un besito.
—Ay, mami, una tetica…
Y ella se deja manosear un poco… hasta que él le suelta:
—Ay, mami, dame culito.
Y la tipa se queda callada.
—Oye, tate quieto, viejo.
—Mami, dame culito.
Y la tipa que no. Y el otro volvía a la carga. Y, después de tanto no, el tipo se levanta y le dice:
—Oye, vieja, qué tacaña tú eres. Métete el culo por el culo…
Y se levantó y se fue refunfuñando.
Cuando el portero terminó de reírse, le dije:
—Dígale a su jefe que se meta su banco, su hotel y hasta el culo, por el culo; que yo me voy.
Y allí lo dejé y me fui. Llevo más de 30 años y 30 000 millas, yéndome.
Hoy, los que se han ido son ellos. Y yo, en mi suite del Mandarin Oriental, viendo cómo el río arrastra el cadáver de mi enemigo…
Aprovecho para despedirlos con la frase que le soltó el cacique taíno al converso y al otro; y que aparece, no traducida, en el Diario de Navegación del Almirante, contada por Las Casas:
«Váanse palapenga pur i pallá, Ñojone».






