Lady Wonder: la yegua vidente que daba coces de sabiduría por un dólar

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Déjeme contarle una historia que ni usted ni su psicólogo van a creerse. En 1927, un tal Joseph Banks Rhine, que tenía la feliz ocurrencia de convertir la parapsicología en asignatura universitaria, llegó a una granja de Virginia creyéndose el más listo de la clase. Iba a desmontar un timo en diez minutos. Y se marchó con la cabeza llena de preguntas y el bolsillo vacío.

¿El motivo? Lady Wonder, una yegua negra que durante treinta años tuvo a media América haciendo cola para que le dieran respuestas a golpe de casco. Por un dólar, tres preguntas. Y atención al dato: tenía más clientela que muchos psicólogos de hoy. Qué tiempos aquellos.

El chiringuito lo montó Claudia Fonda, una mujer con más calle que una alcantarilla. Crió a la potra a biberón y le «enseñó» el alfabeto en una máquina de escribir gigante. La yegua aporreaba las teclas con el hocico y salían frases. ¿Acertó cosas? Pues mire, predijo el K.O. de Joe Louis, movimientos de bolsa, y casi todas las presidenciales. Solo falló la de Truman en 1948, igual que todos los analistas de Washington.

Pero la fama le llegó de verdad en 1951, con la desaparición de un niño en Massachusetts. Lady tecleó lo siguiente: «Pittsfield Water Wheel». La policía encontró el cuerpo, la prensa la elevó a los altares, y nadie dijo que aquella frase era tan ambigua que habría valido para cualquier sitio con agua y ruedas. Pero ya se sabe: cuando el milagro vende, el rigor estorba.

La necesidad de creer

Y aquí llegó el desenlance. En 1956, el mago Milbourne Christopher, que de trucos sabía más que nadie, se presentó con nombre falso. Lady deletreó su identidad perfectamente. Pero Christopher, que no era tonto, se fijó en lo que nadie quería ver: Claudia Fonda movía el hocico de la yegua con señales imperceptibles. Un gesto con el látigo, un leve movimiento de hombros. La yegua no leía mentes. Leía el miedo y la esperanza en los ojos de su dueña. El famoso efecto «Clever Hans», que ya ocurrió con otro caballo en Alemania. O sea, el experimentador contamina el resultado sin querer… o queriendo. Porque Claudia sabía que la gente no pagaba por la verdad, sino por la ilusión.

Lady murió en 1957, dejando un cementerio de mascotas en Virginia y una cuenta bancaria envidiable. Claudia nunca confesó, porque no había nada que confesar. ¿Estafa? No, señor. La estafa sería mentir. Ella daba lo que el cliente pedía: un poco de magia en un mundo gris. El problema es que un científico de Duke, un tipo que se suponía que debía aplicar el método científico, le dio el sello universitario a una yegua que escribía con el morro. Eso no es parapsicología, es puro postureo académico.

Así que ya sabe. La próxima vez que se sienta tentado a pagar por un tarot, una consulta astral o un programa de coaching cuántico, recuerde a Lady Wonder. Una yegua negra que nunca supo leer el futuro, pero que olió el negocio a kilómetros. Porque el negocio no era la verdad. El negocio era la necesidad de creer. Y eso, amigos, no lo ha inventado ningún equino. Es pura condición humana. Lo demás son coces.

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