
La covada: cuando el hombre se inventó los dolores de parto
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Si pensabas que el postureo era un invento de las redes sociales, cariño, es que no conoces la covada. Imagina la escena: una mujer pariendo como una jabata, horas de tira y afloja con el mismísimo demonio, y en cuanto el crío asoma la cabeza, ella se levanta a fregar los cacharros mientras el marido se mete en la cama, se pone el gorrito de enfermo y empieza a quejarse. Ni Berlanga se atrevió a tanto.
La palabra viene del latín cubare, que significa «acostarse», y no, no es una leyenda de borrachos. Lo cuenta Estrabón en su Geografía hace dos mil años, y lo confirma Juan Eslava Galán. Estaba repartido por medio mundo: Europa, la Amazonía, los viajes de Marco Polo. Pero los nuestros, los cántabros, los vascones y compañía, lo clavaron. El historiador griego se quedó a gusto escribiendo: «Las mujeres cultivan la tierra, y apenas han dado a luz, ceden el lecho a sus maridos y son atendidas por ellas mismas». Toma ya.
El ritual era de un cinismo brutal. La madre paría, cedía la cama al maromo, y el tipo se metía entre las sábanas a quejarse de los dolores del parto. Mientras tanto, las vecinas acudían a mimarlo, a traerle calditos y a compadecerse de sus sufrimientos. Y la verdadera parturienta, tan honrada, fregaba los platos o dándole a la azada en el campo. Un teatro completo. Una obra de Ridículo, S.A.
La legitimación social
¿Y todo esto para qué? Pues no era solo vagancia, que también. Como explica Eslava Galán, era una herramienta de legitimación social. En sociedades donde la mujer llevaba el peso, el hombre necesitaba hacerse notar para reclamar su cuota de poder sobre la criatura. Al meterse en la cama, el tipo estaba diciendo: «esto es mío». Y de paso, con un alarde de heroísmo digno de trofeo, se llevaba las maldiciones para proteger al bebé de los demonios. O sea, fingía que paría para no parir.
Por suerte, llegaron la Iglesia y la Ilustración a calificar la costumbre de «superstición bárbara». Los señores tuvieron que dejar de fingir contracciones y ponerse a trabajar, o al menos a cambiar algún pañal de vez en cuando. Aunque, mira tú por dónde, hoy algunos siguen aplicando la covada psicológica: esa técnica avanzada de quedarse fritos en el sofá mientras el bebé berrea y la madre carga con todo. La historia, tan circular ella.






