
Ni Berlanga lo hubiera firmado más fino
Por Rafa Junco ()
Madrid.- ¡Ay, España! Que si somos un país de charanga y pandereta, que si no tenemos palabra… y luego pasan estas cosas. Porque el 2 de mayo de 1808, mientras Madrid se partía la cara contra los mamelucos, en la Cárcel de Corte —esa que hoy es el palacete de Exteriores— los presos pidieron salir. Pero oiga, sin condiciones. Ni un indulto, ni una rebaja de condena. Solo soltarles para ir a pegarles a los gabachos, con la promesa de volver. Palabra de preso.
El escrito lo firmó Francisco Xavier Cayón en nombre de 56 reclusos. Y decía, más o menos: «Señor alcaide, que hay mucho desorden, que por los balcones tiran armas para defender a la Patria y al Rey, y que nosotros juramos volver si nos suelta para ir a exponer el pescuezo contra los extranjeros». El tal alcaide, que resultó ser un tipo con agallas llamado Manuel de la Torre, en lugar de llamar a la Guardia Civil —que no existía, todo sea dicho— abrió las puertas. Y los 56 salieron pitando con sus navajas (albaceteñas, mira tú por dónde), algún garrote y una mala leche que no la contaban los manuales de urbanidad.
Pero lo bueno no es que salieran. Lo bueno es que al caer la noche, con Madrid convertido en un sarao de fusilamientos y sangre, don Manuel hizo recuento. Habían vuelto 51. Otros cuatro habían caído en las barricadas, que algo es algo. Faltaba uno. Un tal Fulano, que apareció al día siguiente tan pancho. ¿Y su excusa? Pues que ya que estaba fuera, se fue a ver a la parienta. Porque entre un «hola guapa» y un «qué tal el día de revolución», se le pasó la hora.
Y claro. Vuelve el hombre a la cárcel voluntariamente, con la carabina de Ambrosio y la sonrisa de quien ha cumplido: por la patria y por la señora. Eso es España, amigos. Ni héroes de mármol ni santos de cartón piedra. Tipos de carne y hueso que se bajan de la prisión para plantar cara al mejor ejército de Europa, y de paso, si hay tiempo, no perdonan una visita conyugal.
Así que la próxima vez que alguien diga que aquí no se cumple la palabra, cuéntenle esta historia. 56 presos, un alcaide con dos dedos de frente y un rezagado que prefirió el sofá al cuartel. La historia, cuando se cuenta sin postureo, huele a polvorín, a navaja y a tortilla de patatas. Y eso, por Dios, que nadie nos lo quite.






