El año que el sol se jubiló sin avisar

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Anda, no me vengas ahora con que la vida está difícil. Que sí, que la inflación te deja la cartera hecha un Cristo, que si los de arriba se pelean por cuatro piedras como si estuviéramos en el siglo XIX, que si el cambio climático nos tiene en febrero sudando la gota gorda… Un drama, de acuerdo. Pero usted, amigo mío, no ha visto nada. Si de verdad quiere saber lo que es un «marrón» cósmico, coja la máquina del tiempo y márchese al año 536. Allí la humanidad no es que estuviera con el agua al cuello: es que ya se le había metido en los pulmones.

Póngase en situación. Usted vive en Constantinopla, o en cualquier pueblucho perdido de las Galias, y un buen día se levanta esperando el sol… y no hay ni rastro. No es que esté nublado, no. Es que hay una mugre azulada en el cielo, densa como un velorio, que no deja pasar ni un rayo. Y así pasa un día. Y otro. Y otro… hasta que echa la cuenta: dieciocho meses, querido lector, dieciocho meses sin ver la luz del astro rey. El sol brillaba menos que una vela a punto de apagarse. El historiador Procopio, que debía de ser un tipo serio, lo describió como «un eclipse que no se acababa nunca». Imagínese el rosario de los campesinos cuando veían que el mediodía parecía la hora del ángelus en un entierro de tercera.

Oscuridad, hambruna y peste

El problema, claro, es que sin sol la naturaleza se vuelve loca. Y no una locura de esas de risa, sino una de psiquiátrico. Las temperaturas se fueron al garete y en China, en pleno agosto, empezó a nevar. Sí, ha oído bien. Agosto. Nieve. Los cultivos, lógicamente, fueron a freír espárragos. El pan desapareció de las mesas, las uvas se pudrieron en las parras y el hambre empezó a hacer de las suyas. Fue la década más fría en dos mil trescientos años. Todo por culpa de unas erupciones volcánicas en Islandia y Norteamérica que echaron tanta ceniza al aire que taparon el cielo como si hubieran echado una manta negra sobre el mundo.

Pero lo gordo aún estaba por llegar. Porque si el 536 fue el aperitivo, en el 541 llegó el plato fuerte: la Peste de Justiniano. Aquello fue el fin de fiesta. Oscuridad, hambruna y peste, todo junto, como un combinado ruso pero sin gracia. La gente caía como moscas, las ciudades se vaciaron y quien quedaba vivo se preguntaba qué demonios habían hecho para merecer aquello. El combo definitivo del Apocalipsis, vamos.

Así que ya sabe. Guarde las quejas para otro momento. La próxima vez que el lunes le cueste arrancar, que la gasolina suba veinte céntimos o que le toquen los mismísimos con la última noticia de guerra, respire hondo y dé gracias. Al menos no está en el 536. Al menos no tiene que cenar raíces podridas. Al menos puede salir a la calle y ver el sol ahí arriba, cumpliendo con su trabajo. Porque aquello, amigo, sí que fue un año para echarse a temblar… con todos los sentidos.

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