
Los vikingos en España: sangre, fuego y un botín que no conocía fronteras
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Llegaron como una tormenta del norte, sin avisar, sin piedad. La primera vez que los vikingos pusieron un pie en la Península Ibérica fue en el año 844, y no vinieron de visita. Divisaron Gijón, luego se lanzaron sobre las costas gallegas y, como quien baja por un tobogán de muerte, fueron descendiendo por el Atlántico: Lisboa, Cádiz, Sanlúcar, hasta que remontaron el Guadalquivir y se plantaron en Sevilla. Coria, Morón, Niebla… todo lo que encontraron a su paso lo redujeron a escombros y lamentos. No vinieron a hacer turismo. Vinieron a llevarse todo lo que pudieran, y lo que no, lo quemaron.
Y cuidado con llamar vikingos a todo cristo, que la cosa tiene su miga. La palabra viene del antiguo nórdico vikingr, que significa algo así como «guerrero del mar» o «el que viene del mar». Pero ojo, el femenino viking quiere decir «expedición marítima». Así que vikingos no eran todos los escandinavos, sino solo aquellos que se tiraban al agua con ganas de saqueo, piratería o, si pintaba bien, comercio. Vamos, como unos señores de la guerra con barco propio y muy malas pulgas.
Un paraíso llamado Galicia
Santiago de Compostela era el premio gordo en el norte de España. Años después de aquel primer zarpazo, los normandos volvieron con las ideas claras y los cuernos relucientes: querían Jakobsland, que así llamaban al Santiago de los santos y los tesoros.
Atracaron cien drakkars en el Cantábrico, saquearon Mondoñedo, y otros cien barcos entraron por la ría de Arousa con la misma idea. Tres años estuvieron los muy desgraciados desvalijando Galicia, hasta que un conde de la tierra les paró los pies cerca de Ferrol.
Pero no solo buscaban oro: Galicia era un sitio cojonudo para echar el ancla y quedarse. De hecho, en la playa de San Román (O Vicedo, Lugo) aún se ven restos de aquel sueño nórdico truncado.
Solo importaba el botín
Si algo tenían aquellos demonios del mar era una velocidad endiablada. Sus drakkars, ligeros como barcas de cáscara de nuez, volaban sobre las olas más rápido que los propios mensajeros a caballo. Cuando los emisarios llegaron a la corte con las malas noticias, los vikingos ya estaban en Cádiz. Y en el año 844, al comienzo del otoño, más de ochenta naves y cuatro mil guerreros remontaban el Guadalquivir con los cuernos de guerra sonando a muerte.
Se hicieron fuertes en Isla Menor, dejaron un destacamento para asegurar la salida y luego se cebaron con Coria del Río: quinientas almas pasadas a cuchillo, ni una sola quedó viva. ¿La razón? Que nadie pudiera avisar a Sevilla. Pero la noticia siempre vuela, y la sangre también.
Durante dos meses, los andaluces vivieron en el infierno. Al frente de aquella oleada de terror estaba Björn, un jefe vikingo con más hambre de oro que de gloria. Y no se quedaron solo en el sur: remontaron el Ebro, entraron en Aragón y llegaron hasta Pamplona, donde hicieron prisionero nada menos que al rey García Íñiguez.
El pobre monarca tuvo que soltar 80.000 dinares de oro para recuperar la libertad. Así eran aquellos hombres del norte: sin fronteras, sin rey, sin Dios. Solo con un objetivo claro: barcos, botín y volver a casa. Si quedaba algo en pie, era que no lo vieron.






