Carry Nation: la mujer que le declaró la guerra al alcohol a hachazos

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Imagínese la escena. Una mujer entrada en años, vestida de negro, la Biblia en una mano y un hacha en la otra, entra en un bar cantando himnos mientras destroza botellas y espejos. No es una película de terror, es la historia real de Carry Nation, una mujer que antes de la Ley Seca ya había declarado la guerra al alcohol a hachazos limpios.

No era una cualquiera. Era una viuda que vio cómo el alcoholismo mató a su primer marido, y decidió que Dios la había elegido para repartir justicia con lejía y madera partida.

Porque Carry no eligió el camino fácil. No se puso a escribir panfletos ni a pedir firmas. En 1900, en Kansas, empezó a entrar en bares y tabernas con un método muy suyo: cantar himnos, increpar a los dueños y destrozar todo lo que pillaba. Primero con piedras. Luego con un hacha. Ella llamaba a sus acciones «hatchetations», que viene a ser una mezcla de sermón divino y vandalismo callejero.

Fue arrestada más de 30 veces, y cada arresto la volvía más famosa. Porque en una época donde las mujeres apenas tenían voz, Carry aprendió a gritar con un hacha.

Una cruzada con faldas

Y eso fue lo que la hizo inolvidable. No era una señora cualquiera. Era una cruzada con faldas. Entraba en lugares considerados territorio masculino, esos antros donde los hombres se bebían el sueldo de la familia, y los convertía en un campo de batalla. Para unos era una profeta. Para otros, una fanática peligrosa. Para los dueños de bares, un dolor de muelas perpetuo. Su fama creció tanto que algunos establecimientos colgaron carteles con una ironía que hoy haría gracia: «Todas las naciones son bienvenidas, excepto Carrie». Un chiste que a ella no le hizo ni pizca de gracia.

Murió en 1911, nueve años antes de que Estados Unidos aprobase la Prohibición nacional. No llegó a ver su sueño hecho ley, pero su imagen quedó grabada a hachazos en la memoria colectiva. Una mujer mayor, vestida de negro, que entraba a un bar con la certeza absoluta de estar cumpliendo una misión divina. Y lo mejor de todo: no pedía permiso. No esperaba turno. No pedía por favor. Entraba y liaba la que Dios le había dado a entender. Eso, quieran o no, es tener unos ovarios bien puestos.

Así que ya sabe. Cuando le hablen de activismo suave, de manifestaciones educadas y de pedir las cosas por favor, recuerde a Carry Nation. Una mujer que no cambió la historia con delicadeza. La cambió con un hacha. Y aunque hoy la veamos como una fanática, o como una heroína, lo cierto es que ella hizo lo que nadie se atrevía: meter miedo a los que medraban en la ruina ajena. El alcohol no desapareció, claro, pero Carry demostró que una mujer con un hacha y una Biblia puede hacer temblar los cimientos de un país. Eso, amigos, es digno de contar. Y de admirar. Aunque no se esté de acuerdo.

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