
La historia detrás de la foto (LXXXV)
Por Anette Espinosa
La Habana.- No hace falta una Mesa Redonda, ni estadísticas maquilladas, ni ministros repitiendo la misma letanía de resistencia y creatividad. Basta abrir un refrigerador y encontrarse esto: una pomo de agua y un plátano maduro sobreviviendo en soledad, como dos náufragos dentro de una caja blanca.
Ese refrigerador vacío no es solo una fotografía doméstica; es una radiografía brutal de la precariedad cotidiana. Ahí no hay carne, no hay huevos, no hay leche, no hay sobras de una cena abundante esperando el día siguiente. Hay silencio. Un silencio frío, casi ofensivo, que grita carencia por todos lados. Y en Cuba, millones conocen demasiado bien esa escena.
Lo más doloroso de todo es la normalización de esta miseria. Abrir un refrigerador semivacío se ha convertido en rutina para demasiadas familias. Ya ni siquiera sorprende. La conversación dejó de ser qué se va a cocinar mañana; ahora el debate es si aparece algo que echar al caldero. El cubano vive en modo supervivencia permanente, calculando, improvisando y estirando lo inexistente como si hiciera magia con las manos vacías.
Mientras tanto, desde arriba siguen vendiendo relatos de heroicidad nacional, soberanía y resistencia. Hablan de sacrificio como si fuera virtud y no consecuencia de décadas de ineficiencia, control y ruina económica. Pero la propaganda no llena neveras. Ningún discurso enfría una cerveza que no existe ni multiplica alimentos donde apenas hay agua y un plátano fatigado por el tiempo.
Ese refrigerador no está vacío por casualidad. Está vacío porque retrata un país agotado, exprimido hasta el absurdo. Y aunque algunos quieran disfrazarlo de resiliencia, no hay épica en pasar hambre. Hay desgaste, frustración y una certeza incómoda: cuando la nevera cuenta la verdad, ya no queda mucho espacio para la mentira.






