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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Hay algo que pesa más que el hambre en Cuba, y no es el plomo, ni el bloqueo, ni los apagones. Es el miedo. Un miedo viejo, criado a biberón ideológico, que se enseñó en las escuelas con manuales que endiosaban a Fidel y a su familia como si fueran santos de cartón piedra.

Muchos cubanos le temen al cambio. No al castrismo, que ya conocen y les duele, sino a lo que vendrá después. Porque durante décadas les dijeron que fuera había drogas, armas, violencia, que el capitalismo era un monstruo de mil cabezas devorando pobres, que sin dinero no podías ir al médico ni mandar a tu hijo a la escuela. Y eso, señores, se pega en la piel como los aparecidos de los cuentos de campos.

Pero cuidado, que el miedo no es eterno. No es inmune. Y muchos cubanos ya empezaron a sacudírselo. Las redes, YouTube, los influencers, los medios foráneos, comenzaron a abrir ojos y a cambiar patrones.

Los que salieron, los que vieron, los que hablaron, contaron que fuera no es el infierno que les pintaron. Que sí, que hay desigualdades, que hay problemas, pero que también hay libertad, que no te controlan lo que comes con una libreta, que no te preguntan qué haces con tu dinero porque los bancos sí tienen efectivo, y que nadie te propone un vaso de leche como si fuera una concesión divina. Eso, amigos, es un balde de agua fría sobre el cuento de la aldea socialista.

Y es entendible el miedo. Les llevó décadas acomodarlo, a las buenas y a las malas. Nos dijeron que el socialismo cubano era lo más justo porque todos éramos iguales. Pero la igualdad del castrismo es la de la miseria compartida, la de la cola interminable, la de la casa sin reparar y el médico sin guantes. Mientras la familia Castro acumulaba privilegios, el pueblo aprendía a tener miedo hasta de soñar. Y ese miedo, que es como un aparecido, se te mete en la piel y te deja semanas sin dormir. Pero ha llegado la hora de despertar.

El miedo se convierte en rabia

Porque miedo puede tenerlo quien no sabe lo que hay al otro lado. Pero el cubano de hoy ya sabe. Ha visto los videos, ha leído los testimonios, ha comparado con el bolsillo vacío y la nevera triste. Sabe que fuera hay una vida diferente, una que no necesita prometerte nada porque ya la ves con tus propios ojos. Y lo mejor de todo: muchos de los que salieron se lo contaron. No con odio, no con rencor, sino con la verdad escueta de quien ha encontrado lo que le negaron: dignidad, trabajo, futuro. Eso es más poderoso que mil discursos.

Así que sí, el miedo sigue. Pero está herido de muerte. Porque cuando un pueblo descubre que le mintieron durante sesenta años, el miedo empieza a convertirse en rabia, y la rabia, bien dirigida, se convierte en decisión. Y la decisión, en acción. Ahora, con la ayuda de un Trump que no le tiembla el pulso para ponerle freno a las dictaduras, los cubanos aguardan el momento. No sentados, no cruzados de brazos, sino con los ojos bien abiertos y la esperanza agarrada al pecho como un rosario.

El castrismo tiene los días contados. No por milagro, no por casualidad, sino porque el miedo, al fin, está perdiendo la batalla. Y cuando caiga, cuando el último Castro se vaya o lo arrastren, Cuba no será el paraíso que nos prometieron. Será algo mejor: un país roto pero libre, pobre pero sin cadenas, donde cada cual pueda tener el miedo que quiera, pero ya no el que le imponen. Ese día, el aparecido se irá para siempre. Y los cubanos, por fin, dormirán tranquilos.

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