
La procesión iba por dentro
Por Ulises toirac ()
La Habana.- Hay que verle la parte buena a las cosas. Aunque el ejemplo sufra de cierta escatología, lo demuestra.
Viviendo en Nuevo Vedado con mis suegros, venía del Vedado de trabajar. Algo almorcé que no me cayó bien, o quizás alguno de esos «cafeses» a los que aún le meto sin miseria (de poder) me arremolinó el estómago… tú sabes… esa cosa que de pronto parece que estás a punto de ser ventrílocuo.
El transporte nunca ha estado bien en La Habana, pero no estaba como ahora. Sobre todo el solidario, ese al que llaman «botella». No sé si la escasez de combustible o que me reconocen menos, pero hoy ya no es como en esa época, que si no había una jeva muy despampanante en la esquina que me paraba a estirar el brazo, la primera me la llevaba yo, y sin tardar mucho.
Un panelito me recogió y, sin publicar mis interioridades —que se hacían más latentes por segundos—, me llevó hasta Tulipán y Boyeros, desde donde aún me tenía que echar una infantería de mediana longitud que, en esas circunstancias, se hizo agónica.
Y todo bien Tulipán adentro. Los saludos eran de lejos, y mi marcha forzada los evitaba con efectividad. Pero al doblar por Larruñada, una señora literalmente se atravesó. Me había pillado de lejos y estaba decidida a intercambiar, en medio de risas, los detalles del Sabadazo de aquella semana. Y yo, primero muerto que desprestigiao, aguanté con una cara que no creo que fuera la óptima, pero le dio pie a la mujer para sentirse atendida y reciprocada. Como dicen en algunos libros: «la procesión iba por dentro».
Yo tenía claro que lo más difícil estaba por delante: estaba a una cuadra del edificio en el que vivía, en el cual me esperaba una escalera de cinco pisos. Pero no hay nada en el mundo como alguien que cifra todas las ilusiones en conversar con un artista que admira. Yo eso lo tengo más claro que mi número de carnet de identidad. Así que aguanté como un machito el entusiasmo y hasta le seguí la rima. Fue lindo. Hasta que ella dijo: «Gracias, Matute, por aquí nos vemos», y siguió su camino. De ahí pa’lá… pa’ qué contar…






