Irán regresa de Islamabad con las manos vacías y una economía al borde del abismo

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Po Eduardo Díaz Delgado ()

Madrid.- El presidente de la República Islámica de Irán regresó de Islamabad con las manos vacías y, según fuentes israelíes, al borde de un ataque de nervios. No es para menos. Tras más de dos décadas apostando por la confrontación, la «resistencia» y el enriquecimiento de uranio, el régimen se encuentra ahora con que su principal fuente de ingresos —la exportación de petróleo a través del estrecho de Ormuz— está siendo estrangulada por la Marina de Estados Unidos.

Trump no ha cerrado el estrecho al mundo entero (eso sería un disparate geopolítico y económico global), pero sí ha bloqueado efectivamente el tráfico hacia y desde puertos iraníes. Traducción: los petrodólares que mantenían a flote un sistema ya tambaleante por sanciones, guerra reciente y mala gestión se están secando a gran velocidad.

Pezeshkian, que llegó al poder con imagen de reformista moderado, lleva meses repitiendo que la economía iraní está al límite. Ahora lo dice con más urgencia: sin esos ingresos, no hay cómo pagar salarios públicos. Imagínense la escena: un presidente que antes presumía de «diplomacia» y «diálogo», viendo cómo su economía —ya de por sí dependiente del petróleo y las evasiones de sanciones— se acerca al precipicio mientras el «Gran Satán» aplica presión con precisión quirúrgica.


El tiro por la culata

La burla fácil sería decir que Pezeshkian descubrió tarde que amenazar con cerrar Ormuz es como jugar al ajedrez con alguien que tiene más barcos, más aviones y menos paciencia. Pero la realidad es más cruda: el régimen iraní apostó todo a la carta de la disuasión asimétrica y la retórica revolucionaria, y ahora se enfrenta a la consecuencia lógica de haber sobreestimado su propia resistencia económica.

¿Habrá un nuevo round de negociaciones en Pakistán, como sugieren algunos reportes? Posible. ¿Se rendirá Teherán? Poco probable a corto plazo. Lo que sí es evidente es que el «pánico» atribuido a Pezeshkian no es solo dramatismo israelí: es el sonido de un gobierno que ve cómo su principal herramienta de supervivencia financiera se le escapa de las manos.

En resumen: Irán jugó con fuego en Ormuz. Trump respondió con un bloqueo selectivo. Y ahora el régimen tiene que explicarles a sus funcionarios y a su población por qué los sueldos corren serio riesgo de retrasarse… otra vez. La «resistencia» suena mucho menos romántica cuando se traduce en colas para cobrar y una economía al borde del abismo.

Para rematar, la cantidad de marines que está llegando al estrecho no parece que lo dejarán muy estrecho.

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