La guerra que se ahogó en un arrozal

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Por Rafa Junco.- No fueron cañones. No hubo carga al galope ni discursos de esos que te ponen la piel de gallina. Fue el agua. Agua sucia de arrozal, agua de pantano, agua con mala leche.

Corría abril de 1859. Los austríacos de Ferenc Gyulai, bien plantados y creyéndose invencibles, se vinieron para el Piamonte con el cuento de que iban a tomar Turín antes de que los franceses pudieran decir «presente». Pero el gobierno piamontés no era tonto. En vez de mandar a sus muchachos a morir como héroes en campo abierto, llamaron a un ingeniero, un tal Carlo Noè, y le dijeron: «Inúndalo todo».

Y Noè, que debía saber más de compuertas que de fusiles, entre el 25 y el 29 de abril abrió canales, bloqueó salidas y convirtió la llanura de Vercelli en un charco del tamaño de medio país.

¿El resultado? Un desastre de los buenos, pero para el enemigo.

Cuarenta y cinco mil hectáreas anegadas. Los caminos, un lodazal. Los carros, hasta el eje. La artillería pesada, más estorbando que ayudando. Y la caballería, esa que tanto miedo da cuando carga con sables al viento, reducida a un montón de caballos tiritando sobre el barro.

Los austríacos cruzaron el Ticino el 29, ocuparon Vercelli el 2 de mayo, y de ahí no pasaron. El avance se fue frenando como quien camina con botas de plomo. Hasta los partes oficiales de la época tuvieron que admitir que entre las lluvias y la mano del ingeniero, Gyulai se quedó bailando en el fango.

Estuvieron diecisiete días. Ni uno más.

El 19 de mayo levantaron campamento y se fueron con el rabo entre las piernas. No hubo batalla. No hubo héroe con espada. Solo un pueblo inundado, una cuenta de 1.400.000 liras en daños y un tiempo precioso que le sirvió al Piamonte para reorganizarse y a los franceses para llegar con más gente y más balas.

¿La moraleja de esta historia? Que a veces no hace falta un general con bigote ni una carga de película. A veces, con un par de canales bien abiertos y un arrozal bien puesto, se gana una guerra. O por lo menos, se evita perderla.

Y eso, amigo, es más real que todas las estatuas ecuestres del mundo.

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