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Por Max Astudillo ()

La Habana.- La isla está partida en dos, pero no por una zanja, sino por una pregunta que nadie se atreve a pronunciar en voz alta: ¿intervención sí o intervención no?

Afuera, en la diáspora, la respuesta es un clamor casi unánime. Los que cruzaron el Estrecho en balsas podridas, los que dejaron los huesos en el desierto de Arizona, los que pagan cada mes una renta en Miami mientras sueñan con la tierra que los vio nacer, esos dicen que sí, que Trump ordene el golpe, que los misiles vuelen bajo y que la cúpula castrista se vaya al carajo de una vez.

Para ellos, ya no hay dudas: han esperado décadas. Y la paciencia, como la gasolina en Cuba, es un recurso que se agota.

Dentro, sin embargo, el asunto se complica. No porque la mayoría no quiera el cambio —que lo quiere, y con urgencia—, sino porque el miedo, ese viejo conocido que duerme en el sofá de cada casa cubana, se ha puesto el traje de la cautela.

Hay madres y abuelas que han escuchado toda una vida a Fidel Castro hablar de «bombas que matan niños» y «guerra sucia del imperio». Crecieron con ese discurso pegado a la piel como una segunda epidermis. Y ahora, cuando alguien menciona una intervención militar, ellas ven humo, ven escombros, ven a sus nietos llorando entre el polvo.

No saben que los misiles guiados por satélite tienen un margen de error de centímetros. No saben que la tecnología actual puede derribar una puerta sin rayar la pared de al lado. Lo que saben de la guerra lo aprendieron en los discursos del Comandante, que era un experto en meter miedo. Y a ellas, las entiendo.

Los lameculos y testaferros

También están los militares. Esos que ahora se hacen llamar «ciberdefensores» pero que en realidad son los mismos de siempre, los que llevan décadas medrando a la sombra del poder. Ellos sí que están cagados. Y no es para menos: saben que sus nombres están en listas, que sus direcciones son conocidas, que sus carros blindados no resistirán un ataque quirúrgico.

Ellos saben que pueden estar justo en el punto donde caiga el primer misil estadounidense. Y a esos también los entiendo. Porque el miedo a morir es universal, y nadie quiere ser el primero en recibir la visita del dron.

Lo que no entiendo, y jamás entenderé, es a los que viven bien dentro de Cuba y se oponen a una intervención solo para no perder sus comodidades. Hablo de los testaferros, de los que administran negocios ilegales -o legales- a nombre de generales, de los que tienen sus neveras llenas mientras el vecino come arroz con grasa, si es que tiene grasa.

Esos tipos, que alquilan casas a extranjeros en dólares, que viajan a Panamá cada vez que les duele una muela, que tienen hijos estudiando en universidades privadas de Miami, esos son los más ruines. Porque ellos no temen por su vida: temen por su estatus. No les importa el pueblo, no les importa el futuro, no les importa nada que no sea seguir viviendo como pequeños reyezuelos en un reino moribundo.

Alea iacta est

Cada cual es libre de opinar como le dé la gana. Pero estar del lado de los Castro en este momento, incluso solo por omisión, es una actitud cobarde y mezquina. Cuba se está desangrando. No es metáfora: las estadísticas de emigración, de mortalidad infantil, de desnutrición, son el parte de guerra de un país que agoniza.

Y si no hacemos algo ya, la nación no desaparecerá como Montserrat, que se la tragó un volcán. Será peor: desaparecerá porque un gobierno la asesinó a golpes de decreto, de apagón, de desprecio.

Por eso yo estoy con los que dicen ahora o nunca. Como Julio César aquella noche en que cruzó el Rubicón con la mirada fija en Roma. No había vuelta atrás. La suerte estaba echada. Y ahora, cubanos, es nuestra hora. No la dejemos pasar. Alea iacta est.

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