
El billete de Martí que ya no compra ni un suspiro
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- El papel moneda en Cuba ha dejado de ser dinero. No es una metáfora, no es una exageración: es una constatación económica. Los billetes de 1, 3, 5, 10 y 20 pesos —esos que llevan impresos los rostros de Martí, Ché Guevara, Maceo, Céspedes y Camilo Cienfuegos— han sido desterrados de la práctica comercial.
Los comerciantes los rechazan, los bancos los acumulan sin saber qué hacer con ellos, y los ciudadanos los reciben con una mueca de resignación, porque saben que ese papelito no les servirá para comprar ni un caramelo. En Cuba, el dinero ha dejado de ser dinero.
La razón es tan sencilla como brutal: los precios ya no terminan en cifras de uno, dos, cinco o diez pesos. Nadie vende una libra de frijoles a 520 pesos; se vende a 800, a 900, a mil. Nadie cobra 30 pesos por un pan; cobra 150, 200, 250.
Las denominaciones pequeñas han quedado atrapadas en un agujero negro inflacionario donde su valor nominal es una burla y su valor real es cero. El problema no es que los billetes sean feos o estén rotos; el problema es que la inflación los ha devorado vivos, y el gobierno, con su política monetaria errática, no ha hecho nada por detener la hemorragia.
La inflación y el gobierno como culpables
Los comerciantes, que no son tontos, han entendido la lógica antes que los burócratas: aceptar un billete de cinco pesos es perder tiempo y espacio. No pueden comprar nada con él, no pueden cambiar grandes cantidades, no pueden depositarlo sin que el banco les ponga problemas. Así que lo rechazan.

Lo hacen con una naturalidad que revela hasta qué punto la economía cubana se ha desarticulado: el dinero, en lugar de ser un medio de intercambio, se ha convertido en un estorbo. La pregunta que deberían hacerse las autoridades no es por qué los comercios no aceptan billetes pequeños, sino por qué el gobierno ha permitido que la inflación llegue a este punto.
Porque esto no es un accidente, es el resultado de décadas de políticas monetarias diseñadas para financiar el déficit fiscal mediante la emisión descontrolada de dinero. El gobierno ha impreso billetes como si el dinero creciera en los árboles, y el pueblo ha pagado las consecuencias: su poder adquisitivo se ha evaporado, sus ahorros se han pulverizado, y ahora hasta el efectivo físico ha perdido su utilidad.
Los billetes pequeños son el síntoma más visible de una enfermedad que ya ha consumido el resto del sistema: la hiperinflación silenciosa que el régimen se niega a reconocer, pero que los cubanos sufren cada día en sus bolsillos.
El gobierno tiene que admitir el fracaso
Y mientras tanto, los más vulnerables son los que pagan el pato. Los jubilados, que cobran sus pensiones en efectivo, reciben montones de billetes pequeños que luego no pueden gastar. Los trabajadores por cuenta propia, que acumulan estas denominaciones en sus ventas diarias, se ven obligados a perder tiempo y dinero cambiándolos en el mercado informal.
La economía no funciona, pero el gobierno, en lugar de corregir el rumbo, se dedica a maquillar las cifras y a culpar al bloqueo de una crisis que es, ante todo, el fruto de su propia incompetencia.
¿Hasta cuándo tendremos que tolerar que los billetes con la efigie de nuestros héroes nacionales sean considerados papel higiénico? ¿Hasta cuándo el gobierno seguirá negando la evidencia? La inflación no es un fenómeno meteorológico, es una decisión política. Y esta decisión ha convertido el dinero cubano en una broma de mal gusto.
Si los billetes pequeños ya no sirven para nada, que el gobierno tenga la decencia de retirarlos de la circulación y reconocer, de una vez por todas, que su política monetaria ha sido un desastre. Pero no lo hará, porque admitir el fracaso es algo que el castrismo nunca ha sabido hacer.






