
Cuba no se destruyó en un día
Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- oma no se construyó en un día, y Cuba tampoco. Quinientos años de historia, con sus luces y sus sombras, fueron construyendo una nación con identidad propia. Y bastaron apenas 59 años de República para convertirla en una de las economías más prósperas y dinámicas de América Latina, con una infraestructura, una cultura y una sociedad que, con todas sus imperfecciones, avanzaban hacia la modernidad.
Sin embargo, a Fidel Castro le bastaron pocos años para comenzar a destruirla.
No solo destruyó su economía. También alteró su idiosincrasia, deterioró su infraestructura, socavó sus cimientos institucionales y terminó fracturando a su sociedad. Cuba dejó de ser una nación que miraba hacia el futuro para convertirse en un país del que millones de sus hijos tuvieron que escapar. La dividió y, literalmente, la regó por el mundo.
Y aun así, hay quienes exaltan su legado como si aquel legado hubiese producido alguna gran conquista para el pueblo cubano.
¿De qué legado hablamos?
¿Del país en ruinas? ¿De la emigración de millones de cubanos? ¿De la escasez, el hambre, los apagones y la destrucción de los servicios públicos? ¿De una sociedad dividida entre quienes pudieron marcharse y quienes quedaron atrapados dentro de la Isla?
El supuesto legado de Fidel Castro fue, en realidad, la ruina de una nación. Un proyecto alimentado por el egoísmo, la ambición y la megalomanía de un hombre que quiso imponer sus ideas sobre la voluntad de todo un pueblo.
Por eso, el homenaje que ayer se le brindó en La Habana, precisamente en medio del desastre que vive Cuba, me parece una de las más absurdas burlas mediáticas que puedan hacerse a un pueblo. Es como conmemorar el natalicio de Hitler por haber sido el artífice de una de las mayores tragedias de la historia moderna.
Pero así son las cosas en la Habana de hoy.
Siguen apostando por las ideas del viejo dictador, como si los resultados concretos de su revolución no fueran evidencia suficiente para enviar esas ideas al vertedero de la historia.
Cientos, sino miles, de simpatizantes del viejo dictador se reunieron en La Habana para celebrar su centenario. Muchos llegaron para rendirle loas a quien dejó detrás de sí un país devastado.
Y todo esto ocurre en medio de una de las mayores crisis humanitarias que ha vivido la Isla en sus más de quinientos años de historia.
Las contradicciones
Lo más contradictorio es que buena parte de quienes defienden ese sistema no viven las consecuencias de aquello que defienden. Desde la comodidad que les permite el capitalismo, viajan, se hospedan en hoteles con electricidad, comen, beben y disfrutan de comodidades que millones de cubanos dentro de la Isla apenas pueden imaginar.
“Así cualquiera es comunista”, dicen los cubanos. Y tienen razón.
No existe mayor traición a un pueblo que aprovecharse de su sufrimiento mientras se vive como un burgués lejos de las consecuencias del sistema que se defiende.
Cuba necesita poner fin a este círculo de destrucción. No puede seguir condenada a repetir las mismas fórmulas que la llevaron hasta donde está. Algún día tendrá que recuperar su libertad, reconstruir sus instituciones, recuperar su economía y, sobre todo, reconciliar a una sociedad que fue dividida durante décadas.
Fidel Castro fue un cáncer que hizo metástasis en toda Cuba. La destruyó, la enfermó y la dejó agonizando. Y aunque el hombre ya fue extirpado de la historia, las consecuencias de su legado todavía siguen haciendo daño.
Pero ningún cáncer es eterno. También Cuba puede sanar. Y lo va a hacer, con el favor de Dios y la ayuda de Trump, porque un pueblo no sana sus heridas, si los culpables de sus heridas siguen profundizando la sangrante herida.






