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Por Max Astudillo ()

La Habana.- El ministro de Asuntos Exteriores de España, José Manuel Albares, ha vuelto a regalarnos una de esas declaraciones que tanto gustan en la izquierda europea: solidarias, humanitarias, llenas de buenas intenciones. Ha dicho que España apoya al pueblo cubano, que se opone al bloqueo de Estados Unidos, que ha enviado dos paquetes de ayuda humanitaria por valor de 1,3 millones de euros.

Palabras bonitas, cifras que suenan bien en un titular, pero que al analizarlas con un mínimo de rigor se desinflan como un globo pinchado. Porque la ayuda de España, señor Albares, no es para el pueblo cubano. Es para el gobierno cubano. Para el régimen de los Castro. Para el mismo que ha convertido la isla en un páramo de miseria, represión y desesperanza.

La pregunta que nadie le hace al ministro es simple: ¿por qué España, que tanto se preocupa por el «pueblo hermano», no ha levantado la voz en sesenta y siete años contra las violaciones sistemáticas de derechos humanos en Cuba? ¿Por qué no ha exigido la liberación de los presos políticos, el fin de la represión, el regreso a la democracia?

¿Por qué prefiere enviar migajas humanitarias en lugar de exigir con dignidad que los Castro se vayan? Porque la respuesta, aunque duela, es obvia. España no quiere molestar a un aliado ideológico. España prefiere mantener las formas, aparentar solidaridad, mientras el pueblo cubano se desangra.

España no mira al verdadero responsable

Los dos paquetes de ayuda, por valor de 1,3 millones de euros, son una cifra irrisoria. Ridícula. Ofensiva, incluso. Cuba tiene once millones de habitantes. Más del noventa por ciento vive en la pobreza absoluta. No tienen agua, no tienen luz, no tienen comida, no tienen medicinas, no tienen transporte, no tienen nada. Y España envía 1,3 millones.

Es la misma lógica del que le da una moneda a un mendigo en la calle para sentirse bien consigo mismo, pero no se pregunta por qué el mendigo está en esa situación. España no quiere saber por qué Cuba está en ruinas. España prefiere no mirar al verdadero responsable: el castrismo.

Porque el verdadero bloqueo, señor Albares, no es el de Estados Unidos. Es el bloqueo que los Castro impusieron a su propio pueblo. El bloqueo a la libertad de expresión, a la libertad de empresa, a la libertad de movimiento, a la libertad de pensamiento. El bloqueo que ha mantenido a Cuba en el subdesarrollo mientras los dirigentes vivían en la opulencia.

España, que tanto habla de derechos humanos, que tanto critica a Trump, que tanto se rasga las vestiduras por Gaza y Ucrania, calla cuando se trata de Cuba. Calla porque el gobierno cubano es su aliado. Calla porque la izquierda española prefiere mirar hacia otro lado antes que reconocer que el castrismo es una dictadura.

Una España que avergüenza

España debería exigir, con la misma vehemencia con que exige en otros lares, la salida de los Castro. Debería exigir el fin de la dictadura, el regreso a la democracia, la celebración de elecciones libres. Pero no lo hace. Porque a España le duele que Estados Unidos vaya a quedarse con la mejor parte de una isla que bajo su dominio fue próspera. Porque a España le duele que Fidel Castro, su hermano y sus lacayos destruyeran lo que España construyó. Y en lugar de enfrentar esa realidad, prefiere enviar migajas y llamar «pueblo hermano» a los verdugos.

Al final, la política de España hacia Cuba es la misma que la de otros gobiernos europeos: hipocresía pura. Palabras bonitas, gestos simbólicos, y cero presión real sobre el régimen. Mientras tanto, el pueblo cubano sigue esperando. Esperando que alguien, algún día, tenga la valentía de decir la verdad. De exigir el fin de la dictadura. De poner la dignidad por encima de la ideología.

España, que fue el primer país en movilizar ayuda humanitaria, debería ser también el primero en exigir la libertad. Pero no. Prefiere las migajas. Y mientras tanto, los Castro siguen en el poder. Y el pueblo, sigue muriendo. Esa es la verdadera solidaridad que España le ofrece a Cuba: la del silencio cómplice. La del apoyo al verdugo. La de las migajas que no alimentan, solo alivian la conciencia de quien las da.

Señor Albares, no engaña a nadie. Su solidaridad es de cartón. Y el pueblo cubano, el de verdad, lo sabe. Y lo sufre. Y lo calla. Pero algún día, hablará. Y entonces, España tendrá que explicar por qué miró hacia otro lado. Por qué prefirió a los Castro antes que a la libertad. Por qué eligió las migajas sobre la dignidad. Y esa explicación, me temo, no la va a dar en una entrevista en TVE. Porque no la tiene. Porque es indefendible. Porque es, sencillamente, una vergüenza.

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