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Por Oscar Durán

La Habana.- Lo más desconcertante de Cuba no es únicamente la crisis económica, la represión o el deterioro total de la vida cotidiana. Lo verdaderamente perturbador es la capacidad del sistema para generar una lealtad casi irracional en quienes son víctimas directas de sus propias políticas. Una especie de empatía suicida: el ciudadano desarrolla apego por aquello mismo que lo empobrece, lo limita y lo desgasta. Como si el verdugo lograra convencer al golpeado de que el golpe, en el fondo, era necesario.

Este 1 de Mayo volverá a repetirse la postal. Miles de personas irán a desfilar bajo el sol, muchas sin desayunar, después de una noche probablemente marcada por apagones, mosquitos y ansiedad doméstica. Algunos caminarán con zapatos rotos, otros pensando cómo resolver la comida del día, pero aun así cargarán carteles y repetirán consignas en defensa de un modelo que les ha vaciado el refrigerador y la paciencia.

Ahí está la gran obra psicológica del sistema: no solo administra escasez, sino también sentido de pertenencia. Convierte el sacrificio en virtud, la carencia en resistencia y el sufrimiento en una especie de medalla moral. Te enseñan desde pequeño que aguantar es heroico, que cuestionar es traicionar y que mientras peor estés, más compromiso debes demostrar. Es una maquinaria perfecta para domesticar el inconformismo.

Lo más paradójico es ver cómo incluso grupos históricamente marginados o reprimidos por el propio sistema terminan abrazando sus símbolos con fervor. La historia cubana está llena de contradicciones incómodas que el discurso oficial maquilla o directamente borra. Y aun así, la iconografía permanece intacta, como si la memoria colectiva hubiese decidido negociar con sus propias heridas.

Cuba parece vivir atrapada en una relación tóxica elevada a categoría política. El país te quita, te exige, te desgasta y luego te pide gratitud. Y lo más increíble es que todavía consigue arrancar aplausos. Por eso, el 1 de Mayo en la isla no es solo una fecha laboral; es también una demostración pública de cómo un sistema puede convertir el agotamiento social en acto de fidelidad. Un teatro donde muchos aplauden mientras el escenario se incendia.

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