El día del trabajador es una fecha infame para los cubanos bajo el castrismo

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Por Joel Fonte

La Habana.- Se nombraba Leovigilda. Había vivido tanto, que sus hombros estaban doblados como por un peso invisible.

Trabajó 64 años como maestra de escuela, -los primeros, durante la Cuba republicana, en una escuelita publica de Marianao- y con la llegada del castrismo, dando clases de matemáticas en Centro Habana.

Cuando la conocí, en los meses que siguieron a la COVID-19, yacía sentada en el portal de su vieja casa de Belascoain, frente a la Avenida y a una cesta de Aguacates verdes que procuraba vender.

A sus casi 90 años, sus ojos, aunque cansados, tenían todavía ese extravió exaltado de quien se resiste a caer.

Una de sus bisnietas, también maestra, me llevó hasta allí:

‘Joe, ella es mi bisabuelita’.

Y la anciana, luego de sentarnos a su lado, de compartir algunas bromas, y hasta ironías un tanto acidas de mi parte, pero que no le disgustaron, arranco a desahogarse:

‘Mira, mi’jo, esto lo cobré hoy -me mostro unos billetes arrugados junto a la cesta de aguacates- y enseguida lo invertí en algunas telitas y viandas, para revender, y ‘estirar’ el dinerito…’.

‘A mí me ayudan un poco mis nietas y sus hijas, pero ellas también tienen problemas, necesidades, y el dinero no alcanza. También tengo un sobrino, Carlos, ya mayor, que me envía unos dólares todos los meses desde Miami…’.

‘Mi jubilación, unos pocos miles de pesos por 64 años de trabajo, no dan para nada’

‘Ese dinero es ‘un dibujo en el papel’, me comentó con una mueca triste.

‘Pero lo que mas me duele -siguió diciendo- es que hasta el otro día yo estuve ciega. Pase muchos años creyendo en lo que Fidel decía, y haciéndoselo creer a mis muchachos en la escuela’

‘Y ahora que soy una vieja al borde de la muerte, nada puedo hacer’.

Luego de una pausa demasiado prolongada, con los ojos cerrados y muy quieta, durante la cual parecía haberse dormido, me ilumino otra vez el verde de su mirada, y comenzó a evocar los primeros años, cuando la gente ‘no tenia miedo a hablar del gobierno, y no había tanta hambre, tantos dirigentes robando como empezó todo después’.

Se quejaba de que los muchachos, sus alumnos, se habían ido muchos del país, que otros estaban presos, y se arrepentía: ‘siempre quise ser maestra para enseñar la verdad, y yo misma me calle la boca…’

Y hubo una idea que me apure a escribir en el papel esa noche, cuando llegue a casa, rememorando nuestra conversación: ‘lo que mas me habría gustado, es haber formado hombres libres, como Luz y Caballero, Varela, como Martí, con pensamiento propio. Siempre me lo voy a reprochar’.

Luego vino el 11 de julio del 2021, el clamor de Patria y Vida de millones de cubanos, y la imagine eufórica en su maltrecha silla de ruedas.

Y también la pensé mas tarde afligida mientras cientos de miles de jóvenes huyeron en masa del país, en una fuga pánica imparable hasta hoy.

La recuerdo todavía cuando veo a ancianos languidecer en una fila interminable frente a un cajero automático vacío, solo para cobrar pensiones de esclavitud tras una vida entera de sacrificio estéril.

Y, en días como este, en la víspera de una de esas escenas tan infames de una masa que marcha y grita consignas solo porque le inculcaron el habito retorcido de obedecer acríticamente, pero que no entiende que lacera sus propios intereses, también viene a mi memoria.

Recuerdo a aquella anciana, y sus manos marchitas que se agitaban para despedirme…

Porque Leovigilda -así se me antoja- es un símbolo de lo mas traicionado, lo mas humillado de nuestra gente.

Hace poco mas de un año conocí que había muerto. Me llamo aquella descendiente suya, y me conto: ‘ella estaba obsesionada por ver el fin de esto…, y me decía ‘dile a tu amigo que venga otra vez por acá, para hablar de la Nueva Cuba, para morirme alegre…’.

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