
El lobo que se rió de la muerte: Chernóbil, el paraíso sin humanos
Por Rafa Junco ()
Madrid.- En algún lugar de Ucrania, donde los humanos hicieron de las suyas y luego salieron corriendo como ratas, hoy los lobos gobiernan con ley propia. Cuarenta años después de que el reactor número cuatro de Chernóbil explotara como una olla de presión mal cuidada, la naturaleza se ha tomado la revancha.
Ese territorio que según los libros de texto es un infierno radiactivo, resulta ser un paraíso para el lobo gris. Allí donde nosotros vemos peligro, ellos ven buffet libre y sin dueños. Porque ya se sabe: al hombre le basta una chispa para incendiar el mundo, pero a los animales les sobra instinto para rehacerlo.
Y mientras los científicos de medio pelo aún discuten si la radiación es mala o muy mala, unos biólogos de Princeton, Cara Love y Shane Campbell-Staton, han metido la nariz en la sangre de esos lobos.
¿Qué encontraron? Que estos animales tienen unos genes diferentes, más duros que el cuero de carterista. Parece que la radiación, en vez de matarlos, los ha puesto a prueba como el mal entrenador que solo los más fuertes soportan. Y ojo al dato: los lobos de Chernóbil no solo sobreviven, sino que además, según Campbell-Staton, “no contraen tanto cáncer”. Como si la muerte anduviera buscando a otro, porque ahí no le dan permiso de entrada.
Los lobos se ríen del cáncer
Pero no crea usted que el asunto es casualidad. Resulta que en los 4.200 kilómetros cuadrados de la zona de exclusión, el hombre brilla por su ausencia, y eso ha convertido el lugar en un hotel cinco estrellas para ciervos, bisontes, jabalíes y hasta perros asilvestrados. Sin embargo, los lobos se llevan la palma. La ecologista Tatiana Deryabina hizo un censo en 2015 y se quedó con la boca abierta: mientras ciervos y jabalíes están en números normales, los lobos superan por siete veces la población de cualquier otra reserva limpia. Siete veces. Como si los bichos hubieran descubierto el secreto de la vida eterna y nosotros ni enterados.
El equipo de científicos no se quedó de brazos cruzados. En 2024, sacaron sangre a los lobos de Chernóbil y la compararon con la de pobres colegas de Bielorrusia y del Parque de Yellowstone. El resultado fue de escándalo: más de 3.000 genes se comportan distinto ahí dentro. Y para rematar, identificaron 23 genes relacionados con el cáncer que en estos lobos trabajan como bomberos en pleno incendio. O sea, que mientras nosotros nos echamos cremas y hacemos colonoscopias, ellos ya tienen la fábrica de defensas a pleno rendimiento. La radiación, el veneno, el peligro… todo eso los ha puesto a evolucionar a toda pastilla, como si la vida les debiera algo y hubieran ido a cobrar.
Así que ahora resulta que el gran laboratorio del futuro no está en Suiza ni en Massachusetts, sino en el patio trasero del peor desastre nuclear de la historia. Y los investigadores, qué listos ellos, ya están mirando esos genes con ojos de ambición farmacéutica. Porque si los lobos se ríen del cáncer, quizá nosotros también podamos aprendernos el truco. Mientras tanto, allá en Chernóbil, los lobos siguen a lo suyo: correr, cazar, reproducirse y vivir como si el fin del mundo ya hubiera pasado y ellos hubieran ganado la partida. Y uno aquí, con miedo al sol, al plástico y a lo que sea, solo puede quitarse el sombrero. Que viva el lobo, señores. Que viva y que nos dé una lección.






