
El llantén eterno
Por Yeison Derulo
La Habana.- Miguel Díaz-Canel anda suelto en Facebook por estos días, sacando del armario el mismo discurso que ya tiene más kilometraje que un almendrón habanero. Cada vez que Cuba se hunde un poquito más en su propia desgracia, o Donald Trump o Marco Rubio sueltan algunas pinceladas sobre Cuba, aparece Limonardo con cara de preocupación ensayada a culpar al “imperialismo” de todos los males habidos y por haber. Si mañana se rompe una tubería en Centro Habana, no duden que también será culpa de Washington.
Canel habla de “crueldad” del gobierno estadounidense como si en Cuba la gente estuviera viviendo una luna de miel con apagones de doce horas, farmacias vacías y salarios que alcanzan apenas para comprar dos cartones de huevos. Hay que tener una capacidad olímpica para el cinismo y todavía mirar a cámara con total seriedad. Lo admirable no es el discurso; lo admirable es aguantar la risa mientras lo escribe.
Dice también que el pueblo solo quiere vivir en paz y ser dueño de su destino. Aquí es donde el libreto entra en género fantástico. Ser dueño del destino, según la versión tropical del socialismo, parece consistir en hacer colas infinitas, sobrevivir con inventos y rezar para que el pan no llegue más pequeño cada semana. Tremendo concepto de soberanía.
Luego remata con la épica habitual: defender la Patria, la Revolución y el Socialismo. Esa trilogía la usan como quien saca una estampita religiosa cada vez que no sabe cómo resolver un problema real. No importa si falta combustible, comida o dignidad; siempre aparece la consigna lista para rellenar el vacío. Resolver, lo que se dice resolver, eso sí viene en una próxima temporada que nunca estrena.
Al final, Díaz-Canel parece atrapado en una obra de teatro llamada «El Llantén eterno», repetida hasta el cansancio y recitando líneas que ya nadie compra. El libreto es viejo, el escenario se cae a pedazos y el público hace rato abandonó la sala.






